domingo, 22 de mayo de 2011

El periodismo me persigue, yo prefiero la playa y el mercado


La denostación del periodismo, según el una forma frenética de saber lo que pasa sin entender lo que sucede. Héctor Aguilar Camín en Las mujeres de Adriano.

La verdad es que no sé hasta qué punto este país es peligroso pero, la verdad, hay más guardas de seguridad que gente por las calles, todas las casas están valladas y protegidas por alambre de espino y todo el mundo alucina al verme por la calle y me dice que tenga cuidado, hay mucha gente mirándome a la cartera. 

Todo esta información y esos ojos brillantes, esa cara de fumados que tienen, sólo ayuda a que todos me parezcan que tienen pinta de delincuentes, potenciales asaltadores de caminos que me van a esperar en cualquier esquina para robarme mi nueva cámara de fotos.


Sin embargo, he de decir que es la gente más amigable que he visto nunca, eterna sonrisa a pesar de su timidez y la extrañeza que les genera mi presencia en las calles. Tengo la impresión de que no hay mucho blanco de a pie por aquí porque se extrañan bastante de mi presencia y allí donde voy saludo a más gente que el Príncipe William el día de su boda. Me siento como el Papa en visita oficial.
Salamaua, mi alojamiento está ahí detrás

No todos reaccionan igual porque algunos niños, como si no hubieran visto tanta palidez antes y les hayan contado que el diablo es blanquito y medio chamuscado por el sol, lloran desconsoladamente al verme. Otros, sin embargo, se me acercan a darme la mano y preguntarme qué hago por estos inhóspitos caminos. Decirles que vengo de España no les dice nada, así que suelo añadir que soy europeo para ayudarles a entender, pero su reacción, entre admitración, sorpresa y respeto por el camino recorrido me suele hacer sonreír. Luego suspiran, me miran y miran al cielo, como pensando que vengo de otro planeta lejano. En ese momento hacen un sonido extraño, como inhalando una gran bocanada de aire y me dan la mano, ofreciéndome su ayuda con aire de preocupación por si tuviera dificultad en respirar el aire de un lugar ajeno.

Claro que tengo dificultad en respirar, el termómetro no baja de 27º por la noche y por el día, si la humedad pudiera superar el 100%, sería aquí donde ocurriría, así que no puedo pasar demasiado tiempo al sol porque me derrota, pero me encanta pasear por las calles y observar a la gente. No todos hablan inglés fluido pero me paro a hablar con mucha gente y disfruto mucho visitando uno de mis lugares preferidos, los mercados, que suelen tener una parte cubierta. Es decir, a la sombra.

La península de Salamaua

Esta semana he pasado bastantes horas en el mercado de Madang y dos días incluso he estado ayudando a una señora a vender, mientras aprovechaba para sacar fotos, fotos que la gente viene a pedirme y me agradece aunque no se esperen ni a verlas. Me encanta esa inocencia y lo agradecidos que son. De hecho, una cosa que me ha sorprendido muy gratamente es comprobar que, después de dos semanas, nadie me ha pedido dinero y mucho menos los niños. Creo que es el primer país donde me ocurre esto y me agrada mucho porque suele ser algo bastante incómodo que no te puedas mover libremente sin ser asaltado por miles de niños que te piden o por el tipico pesado que te viene a contar sus penas y no hay manera de quitárselo de encima. Normalmente siempre hay un grupo de los que te piden y otro de los que te intentan vender lo que sea, aunque mi preferido es el de los limpia botas que te ofrecen sus servicios incluso cuando llevas las chanclas de playa.

En el mercado con Lucy
 Aquí no sólo no me piden sino que me van ofreciendo continuamente cosas, me regalan fruta, me acompañan a la parada del bus, me avisan cuando me tengo que bajar y se ofrecen a enseñarme sus pueblos.


En fin, que esto no es tan tremendo como lo pintaban y, si lo es, yo no me lo he encontrado a pesar de haberme saltado todas las precauciones que hubieran convertido en un coñazo este país. Tampoco es que salga por las noches, pero no dejo de ir andando o en autostop a todos los sitios que me apetece y, por supuesto, los pueblos no tienen nada de peligrosos sino todo lo contrario.

En Lae no me apetecía demasiado estar, ya había visitado todos los puntos de interés y me había aventurado durante horas por el centro para ver si conocía el peligro, pero no lo encontré, así que, esquivando socavones y medio metro de barro, dirigí mis pasos a la oficina de turismo, que resultó ser la del consejero de turismo de la región en la que había 3 personas sin hacer absolutamente nada. Le pregunté algunas dudas sobre cómo llegar a algunos sitios que quería ir y él, qué simpático, pensó que era un estudiante, pero yo lo negué y, después de un rato, llegó a la conclusión de que era un periodista y esta vez no quise negarle porque, en realidad, quién soy yo para quitarle esa alegría que le di, la visita de un periodista blñanquito se presentaba como la oportunidad de su vida para dar a conocer las maravillas de la región. Estupefacto creo que describe muy bien cómo se encontraba el pobre hombre, que no tenía ni una hoja de papel en blanco para apuntar lo que yo necesitaba saber y que, por supuesto, él no sabía. La verdad es que no me ayudó demasiado, pero interés puso y algunas llamadas hizo para informarse de algún alojamiento y de horarios de barcos, aunque éstos tengan horario libre.


Finalmente salí de Lae en un "banana boat", una lancha pequeña sobrecargada con lo que la gente ha comprado en el mercado y lleva de vuelta a sus pueblos. El horario, como todo tipo de transporte aquí, es muy sencillo, se sale cuando no se pueda cargar más. 



Llovía, soplaba bastante viento y las olas eran lo suficientemente puñeteras como para no dejarme tranquilo, pero el trayecto de hora y media transcurrió sin otra novedad que mi estreno con las betel nut, con lo que mi boca se tornó roja y, a mi llegada a la guest house pude negociar en igualdad de condiciones, consiguiendo una rebaja que, de haber llegado con mi habitual cara de blanquito, con los dientes bien cepillados, no habría logrado.

Salamaua
Me encontraba en Salamaua, uno de esos paraísos terrenales que escasean, el pueblo más estrecho del mundo, unos 10 metros de costa a costa porque es una península, una sóla calle de arena y comunicado con la civilización después de no menos de una hora en bote. No hay electricidad y sólo algunas casas tienen un generador que usan por la noche.


El pueblo fue una importante base japonesa en la WWII y aún hay unos cuantos cañones en medio del pueblo que nadie se ha preocupado de quitar o de mantener. Lo mejor que se puede hacer en Salamaua es descansar y leer. También se puede dar un baño y hacer un poco de snorkel, pero el reposo se impone. Sin embargo, una mañana me propuse una complicada misión: visitar la escuela del pueblo. Yo pensaba darme una vuelta por allí y saludar a los chavales, pero la mujer del director, pensando que tenía ante sí a un rico australiano, potencial donante de fondos, me cogió por banda y me paseó por todo el colegio, dejándome en manos de la senior teacher" que consideró que mi presencia podría ser muy interesante para los niños y me pidió si les podría dirigir unas palabras explicándoles quién era y qué había venido a hacer.

La verdad es que no tenía ni idea qué contarles ni cómo hacerlo. Me encontraba ante un grupo de adolescentes que viven en un pueblo aislado del mundo y que rara vez van a la ciudad. Apenas vienen turistas y, al no tener televisión no reciben apenas influencias externas. Es decir, no visten como idiotas intentando imitar a los americanos de las series, como sucede en medio planeta. Viven en absoluto contacto con la naturaleza y no tienen que pedir a nadie que les lleve al parque o les acompañe a jugar a donde sea porque ellos pueden pasar todo el tiempo que quieran fuera de sus casas y sus madres no les tienen sobreprotegidos e idiotizados por si se caen y se hacen una herida o entran en contacto con la tierra, ese producto que algunas deben pensar que es más peligorso que el Ébola. Es decir, tienen toda la libertad que muchos desearían y, además, no dependen ni de Playstation ni de Facebook.

Pensando en la situación, me veía un poco estúpido intentándoles explicar cómo es la vida en mi país, que es lo que me preguntaron en dos de las clases, como esperando que les dijese todo lo bueno que tiene vivr en una ciudad que tiene casi los mismos habitantes que todo su país que, por cierto, es del tamaño de España. Pero cómo explicarles algo que puedan entender sin parecer pretencioso o sin juzgar si su aislamiento es mejor o peor que vivir en una locura de ciudad o rodeado de un consumismo que ellos, de momento, desconocen.


El problema es cuando tengan acceso a la información que les permita compararse y eso, desafortunadamente llegará algún día y lo barrerá todo. Los chavales se vestirán como imbéciles y querrán tener un móvil y una vídeo consola para no salir de casa ni necesitar amigos.


Lo único que se me ocurría decirles era, como si de un abuelo se tratara, que no dejasen de estudiar al menos hasta acabar la high school para que luego, al menos, pudieran decidir qué querían hacer, si quedarse en el pueblo o ir a la ciudad. Cuando, respondiendo a otra pregunta, les dije que mis padres viven en un edificio de 15 plantas, pude ver cómo se les salían los ojos de las órbitas, así que me salté lo del AVE y les conté que Nueva Guinea es un nombre español y Papúa portugués. La única que se sorprendió fue la profesora, los chavales, como si les cuento cómo funciona un acelerador de partículas.


La visita a la escuela había sido muy interesante, pero necesitaba un par de días de descanso para preparar la próxima visita a otra escuela.  


Tienes que ser tacaño con tu tiempo libre, no pasar horas frente al televisor, escoger con quién te relacionas y alimentar nuevos intereses. Has de ampliar tu vida con cosas emocionantes y no conformarte con la rutina. Y ser capaz, cuando lo sientas, de empezar de nuevo. Kurt Schmidt (Altea). 24 años en el mar

jueves, 19 de mayo de 2011

Reality stubbornly defies rational reasoning

Al llegar al aeropuerto de Port Moresby recogí el folleto sobre Papúa Nueva Guinea (PNG) que publica el principal banco del país. Al hablar de la capital, lo primero que dice es que te encuentras en una de las ciudades más inseguras del planeta y que, si bien no es muy bonita, siempre te quedará la experiencia de haber sobrevivido a una de las capitales más peligrosas. Tranquilizador.

No había recibido respuesta a ninguno de los mails que envié (no las recibí hasta una semana después de llegar) y confiaba en que la guía que tengo, la última que se ha publicado (2008), no estuviera demasiado desfasada pero, después de varias llamadas, la realidad me sorprendió con precios parisinos y una ocupación plena en todo lo que está por debajo de 200€. Parece mentira que esto suceda en uno de los países más pobres del mundo, pero así es.

Me imaginé paseando por las calles con la mochila a cuestas y el cuchillo entre los dientes y la idea no me acaba de ilusionar, así que decidí buscar un vuelo a otro sitio y dejar la capital para otro momento. Ahora me alegro de viajar solo y no tener que afrontar una situación como esta con alguien o tener que consultar mis decisiones.

Me quedaba claro que he llegado a un país donde las cosas no iban a ser tan fáciles ni tan baratas como me esperaba. La segunda prueba de ello es que afuera de la terminal había más gente pensando en hacer el mal que gente acompañando a sus madres a coger un vuelo.

En el aeropuerto de Lae debería haber un shuttle esperándome para llevarme al hotel que he reservado, pero no hay nadie y van a cerrar las puertas de la terminal. Son las 18.30, es noche cerrada y todo el mundo se ha subido en las furgonetas que estaban esperando. Durante dos minutos he confiado en que mi bus vendría, pero los guardias de seguridad me recomiendan, por primera pero no última vez, que es mejor que me suba en uno de los buses porque es peligroso que me quede allí esperando.

La guía, antigua, dice que el trayecto desde el aeropuerto es seguro porque la carretera, recien asfaltada, permite que las furgonetas vayan a 130Km/h, lo que hace más difícil que grupos de malandros las detengan. Ahora, tres años después, todo el trayecto, al igual que el resto de la ciudad, está plagado de unos agujeros en los que, si cayera un autobús, nadie lo encontraría en varios días.

El trayecto del aeropuerto al centro de las ciudades siempre me ha causado mucho respeto. Largas y amplias avenidas, normalmente construidas en el periodo colonial, poco o nada de iluminación y mucha gente andando por las cunetas. No sé porqué pero siempre que llego a una ciudad "poco civilizada", lo hago muy de noche. Da igual si son las 10 de la noche o las 3 de la madrugada, siempre hay gente en la calle. Es el primer contacto con un país y siempre es interesante, pero no suele ser una buena impresión, así que siempre me digo que mejor esperar a la mañana siguiente para hacer ninguna valoración.

Todos los edificios están vallados y están protegidos por alambre de espino, además de por uno o varios guardas de seguridad. La furgoneta que me lleva hasta el interior de mi hotel y no me dejan bajar hasta estar dentro del recinto del mismo.

El aterrizaje en PNG no está siendo muy suave y, aunque asumo que he llegado a un país del tercer mundo y que las cosas no van a ir a velocidad occidental ni va a ser tan seguro como NZ, las primeras horas no me abren ningún agujerito por el que apreciar ninguna señal positiva, pero esto ya me ha pasado otras veces y el trayecto aeropuerto-centro siempre me deja una sensación extraña, así que me voy a dormir confiado en que la luz de la mañana me deje ver las cosas de otra manera.

Después de desayunar, la manager me "asigna" a Bennet y Maxwell para que me acompañen a visitar la ciudad por mi propia seguridad, algo que ni me tranquiliza ni me me resulta muy cómodo, aunque sí que me facilita la vida.

Lae es la segunda ciudad más grande del país y, a pesar de ello y sin querer darme importancia, mi presencia causa sensación allí por donde paso y todo el mundo se gira para mirarme o me saluda. Al principio me causa cierta extrañeza, pero después de tres días, no he visto a ningún "whiteman" por las calles. Creo que es la primera vez que me pasa esto en muchos años.

El deporte nacional consiste en mascar "betel nut", una semilla, que mezclada con un polvo que obtienen machacando conchas, les deja un color rojo en la boca que, en las primeras quinientas personas que lo ves, da mucho miedo porque parece que se acaben de comer a alguien crudo y aún les queden restos de sangre de la víctima entre los dientes. Si a eso le unes todo el miedo que te han ido metiendo en el cuerpo, te dan ganas de volver al hotel a pedir protección armada adicional o comprar un par de machetes de esos para abrirse paso en la selva. La mujer de la foto, el día anterior tenía tres nietos, seguro y esa mirada y esa sonrisa...

El segundo deporte más practicado, unido al elevado desempleo, el calor y humedad asfixiante y el empanamiento que les deja el mascar betel nut, es sentarse en la calle y no hacer nada durante todo el día. En otros países las calles están llenas de gente yendo, iba a decir de un sitio a otro pero, en realidad, no van a ninguna parte, estoy seguro. La mayor parte de la población se dedica a no hacer nada y matan las horas desplazándose sin rumbo, sin destino alguno.

Siempre he tenido ganas de seguir un día entero a alguna de las personas que pululan por las calles, grabarlo y comprobar si mi teoría es cierta. Antes de irme de aquí preguntaré a unos cuántos que me encuentre a qué se dedican y cómo pasan su tiempo.

"Quizás" es una palabra cuyo peso no se puede calcular. HAJIME en Al sur de la frontera, al oeste del Sol. HARUKI MURAKAMI

Estoy en un país no desarrollado. Lo sé porque "quizás" es la palabra que, invariablemente, figura en toda respuesta a las preguntas que, como buen "whiteman" hago. Las preguntas, si quieres obtener alguna respuesta medio creíble, siempre han de ser abiertas. Gran error es darles una o varias opciones, porque entonces te dirán que sí o un quizás a la primera opción, lo cual te deja peor. Otra de las expresiones más habituales en pidgin, de esas que se te queda cara de tonto, es Longwe liklik: no muy cerca, no muy lejos, que se completa con otra muy ilustrativa que me dijeron: "we no matter time".

Mi estancia en la gran ciudad termina sin incidencias y Bennet me acompaña al muelle en busca de un "Banana Boat" que me saque de las malas calles.

Recién acabamos de empezar a correr, no se puede parar, la segunda parte es mejor, hay que seguir hasta el final...Hay que recordar que la voluntad sirve para empezar a correr, no para terminar. Nacimos para estar en el camino y el único camino es el porvenir. Todo está por venir, mejor curtir el cuero y súper vivir...porque no hay tiempo y además acabamos de empezar a correr. El tilín del coraz. ANDRÉS CALAMARO

¿Alguien dijo que no habría momentos difíciles en este viaje?

miércoles, 20 de abril de 2011

Tongariro Alpine Crossing o Mordor en color

Como iba diciendo, nada parece lo que es y Mordor o, lo que es lo mismo, el Parque Nacional del Monte Tongariro, no es la excepción. Tan sólo hay que deshacer la opción de blanco y negro y Mordor se convierte es una espectacular zona volcánica que, como las fotos atestiguan, sigue activa, tan activa que la última erupción se produjo en el 2007. De hecho, las mediciones actuales indican que en breve se producirá un importante incremento de la actividad en el Monte Ruapehu que podría dar lugar a una nueva fiesta con fuegos artificiales y lanzamiento de barro y piedras varias.

Mount Ruapehu
Para llegar allí se ha de hacer el Tongariro Alpine Crossing que ha sido, con unos 20 kms. y más de 2000 metros de desnivel acumulado, el trekking más fuerte que he hecho en NZ. 



Son casi 7 horas de paisajes espectaculares donde se ven varios tipos de cráteres volcánicos, fumarolas, lagos con el agua turquesa, páramos desolados donde no crece ni el arbusto más aguerrido, ríos solidificados de lava, una catarata, el nacimiento de un arroyo y el contraste de la nieve con las rocas rojas o negras en la copa de los volcanes.

El camino es extenuante y bastante exigente con las piernas por el tipo de terreno, plagado de piedras sueltas, por lo incómodo de las pendientes de bajada y lo cansado de las subidas. A esto se le une el efecto castigador del sol en altura (1900 metros), el frío y, en muchos casos, un viento que te taladra la piel y te hiela los huesos.

Sin embargo, la recompensa visual es tal, tan variada y tan diferente a lo que había visto hasta ahora, que compensa de largo todo el esfuerzo realizado y el dolor que, al día siguiente, sientes en medio centenar de músculos.


 No sé si esto ya lo he dicho 10 veces pero quizás ha sido el sitio más espectacular en el que he estado en toda NZ, esta vez en color, lo dejan bastante claro.


Running of the sheep
El día después amanecí en Te Kuiti, autodenominda capital mundial del arte de esquilar ovejas y donde se celebra una fiesta que comparan con los “sanfermines”, de los que se ríen, en la que los asistentes corren delante, o entre medias de 2000 ovejas cuyo destino final es ser esquiladas. No pude asistir pero viendo lo rurales que son por aquí, supongo que debe ser una fiesta de alto riesgo. Casi prefiero enfrentarme a un toro que a un grupo de neozelandeses sedientos.

Black and white water rafting
A partir de ahí, me he dedicado al rafting indoor, es decir, en una cueva, en Waitomo y al outdoor en un río con rápidos de clase V y el mayor salto del mundo (o al menos eso dicen), 7 metros que superamos sin romper nada y tragando sólo un par de litros de agua, pero eso os lo cuento otro día para que no penséis que todo son alegrías en este viaje. De hecho, esos tragos involuntarios de agua de río me tuvieron tocado el estómago todo el día.





sábado, 16 de abril de 2011

Nada parece lo que es

Ayer, al llegar, me extrañé porque me pareció que el sol no se estaba poniendo por el
Oeste. Estaba cansado del viaje y lo achaqué a un posible error de la brújula, pero sabía perfectamente dónde estaba el norte porque llevaba viendo la montaña que tenía
enfrente desde hacía muchos kilómetros y yo venía desde el sur de la isla.

Esta mañana me dolía la cabeza. Ese olor tan fuerte a azufre no me ha dejado dormir y la luz que me ha despertado era diferente a la de otros días, mucho más fuerte y de un color rojizo atardecer, a pesar de que el cielo estaba cubierto. He salido de la habitación y, al mirar a mi alrededor, no recordaba nada de lo que veía. No había nadie en la calle, como suele ser habitual, pero tampoco me sonaban ni las casas ni el paisaje que me rodeaba.

He empezado a caminar y, de repente, un cartel no ha hecho sino sumirme aún más en una tremenda confusión. ¿Pearl Harbour? No entiendo nada. 
De hecho, varias cosas extrañas han estado pasando en estos últimos días según me acercaba a este lugar, pero de eso me doy cuenta ahora. No es posible pasar tan rápidamente del paralelo 45º al 39º, ni de una zona con un clima subtropical a una tan árida en la que sólo crecen arbustos. Hasta ahora no era consciente de ello ni había sido capaz de verlo tan claro, pero ya no me queda duda.

-¿Te has dado cuenta de que estamos en Mordor, donde nada parece lo que es?
-Querrás decir, "donde nada es lo que parece"
-He querido decir lo que he dicho, nada parece lo que es.








Dedicado a mi gran amigo David Pacheco, Mariscal de las calles de Moratalaz.

A uno le enseñan a pensar en largo plazo, pero la realidad es que la vida es el presente y no hay más. ELENA EASTMAN

viernes, 25 de marzo de 2011

Liverpool Hut - Mount Aspiring National Park - NZ


Las botas Chiruca de los López

En la entrada de la casa de mis padres hay un arcón en el que se guardan los zapatos. Cuando era más pequeño estaba llenos de botas Chiruca que usábamos para ir al campo. Había de todos los tamaños, como corresponde a una familia numerosa, así que siempre podías encontrar tu número. Nunca era un par nuevo, al menos para mi, pero siempre había alguno de mi talla.

En verano, todo el contenido del arcón, junto con los integrantes de la familia, nos mudábamos a la casa de mi abuela en la mundialmente conocida "sierra de Madrid", que es un sitio concreto y de ubicación definida, al contrario que la no menos conocida "playa de Madrid", que se extiende, sin fin, miles de kilómetros a lo largo de la costa peninsular.

Durante nuestra estancia veraniega, López Sr. nos hacía madrugar, repartía botas para todos los López y nos llevaba a subir a los montes de la Sierra de Guadarrama para poder dejar tranquila a mi madre y que pudiera pintar o dedicarse a sus manualidades.

Durante los últimos días he hecho unas cuantas caminatas y, mientras andaba, me he acordado mucho de esos inicios campestres y de todas las excursiones posteriores que he hecho con muchos de mis amigos. Evidentemente, el paisaje del Matukituki Valley no tiene nada que ver con el de Navacerrada, Peñalara o La Maliciosa. La última excursión ha sido a un refugio llamado Liverpool Hut.

Aspiring Hut

Los primeros kilómetros, hasta llegar a la Aspiring Hut son bastante sencillos y la única dificultad se presenta cuando hay que cruzar alguno de los muchos arroyos que se forman después de las lluvias o que tienen su origen en alguno de los más de 100 glaciares que hay en el valle. Precisamente estos glaciares son el mayor atractivo del valle, al menos para mi. Me parecen una de esas espectaculares manifestaciones de la naturaleza que tan poco frecuentemente se pueden observar.

Con las fuertes lluvias de las pasadas semanas se formaron torrentes que, en algunos casos han tirado abajo los puentes que facilitaban el camino, así que ahora hay que buscar la mejor manera de seguir adelante intentando no forzar demasiado la eficacia del Gore Tex o la capacidad de agarre de las suelas.

A ambos lados del valle, frondosos hayedos interrumpidos por cascadas temporales dejan paso a vegetación de alta montaña y, según avanza la mañana, las nubes empiezan a dejar ver algunos picos nevados y, a lo lejos, el Glaciar Boner, sobre el que se eleva el Mount Aspiring.

En el centro, un cauce enorme que en el periodo de deshielo debe llevar una cantidad de agua impresionante. Ahora, sin embargo, sólo impresiona el bonito color azul acero (CNV dixit) del agua.

En la Aspiring Hut hay una inscripción dedicada a la primera persona que ascendió este pico:

What if I live no more those kingly days?
Their night sleeps with me still
I dream my feet upon the starry ways
My heart rests in the hill
I may not grudge the little left undone
I hold the heights I keep the dreams I won
G.W.Y.

Después de repostar fuerzas, aún quedan 6 kilómetros hasta la base del Mount Liverpool, donde empieza lo realmente complicado porque, en un sólo kilómetro se salvan casi 500 metros de desnivel.

Es decir, una auténtica pared vertical de camino resbaladizo, con piedras húmedas, musgo y ramas que atraviesan el camino. Después de varias horas la subida pesa y hay que prestar mucha atención para no caerse o resbalar. La cosa se complica cuando, a medio camino, me encuentro a una chica, Amie, que tiene vértigo y que está sufriendo horrores a cada paso que da. La solidaridad de la montaña se impone y, a pesar de que empiezo a sufrir porque me quedo frío, la espero y la ayudo a subir.

Al final, la recompensa

La última parte del camino ha sido muy dura e incómoda. No puedes dejar de mirar donde pones pies y manos a riesgo de caerte. Empieza a hacer frío y sudas mucho pero lo peor es quedarse parado y enfriarse. Finalmente llegamos al refugio y Amie pronuncia la frase del día "ha merecido la pena el esfuerzo y pagar los quince dólares por conseguir estas vistas, que valen un millón". Es cierto, el lugar es un espectáculo y las vistas, con dos glaciares enfrente y el inmenso valle Matukituki a nuestros pies, impagables.

Liverpool Hut
Aún queda una hora de sol que disfruto tirado sobre el porche del refugio para descansar un poco y beber litros de agua. Dentro sólo hay una mesa y unas colchonetas. Ni siquiera hay luz o una chimenea. En cuanto se va el sol la temperatura baja muchísimo y queda poco que hacer. Afuera el cielo está precioso, lleno de estrellas y con una luna menguante que ilumina los picos nevados, pero hace demasiado frío como para quedarse afuera.
Rob Roy Glacier
Son las 9 y media y me voy a dormir. Mañana podré disfrutar de algunas horas de sol antes de empezar la bajada. El esfuerzo ha merecido la pena. Pocas veces se puede disfrutar de un lugar así.

Mount Aspiring

"Afortunada esa persona que tiene un sueño por el que luchar", Carlos Pauner sobre Tolo, montañero muerto en el K2.

jueves, 17 de marzo de 2011

Encuentros inesperados con las fuerzas del orden en Stewart Island - NZ

Stewart Island, la isla más al sur de NZ. 75 kms de largo y 40 de ancho. 450 habitantes. Sábado noche. Estoy contestando algunos mails pero tengo en mente acercarme al pub del pueblo cuando un hombre me dice que está cerrado, que había una fiesta pero han cerrado porque se ha liado.
A los pocos minutos empiezo a comprender lo que ha ocurrido porque empiezan a aparecer por el hostal un grupo de garrulos con evidentes síntomas de llevar bebiendo varios días sin parar. Llevan botas de agua (katiuscas en Madrid), gorras y parecen sacados de un documental sobre los granjeros de la NZ más rural.

A partir de este momento, la noche se empieza a animar y, aunque me da pena no haber podido disfrutar del sábado noche en el único pub de la isla, estos tipos son muy divertidos y llevan una castaña tan tremenda que, aunque no les entienda nada de lo que digan, me lo paso en grande con ellos. Además, nuestra amistad crece por momentos cuando me empiezan a invitar a latas de cerveza y de bourbon con cola. Eso siempre une mucho.

En la primera oleada han llegado 3 y dos de ellos, al ver a Cristina, mi nueva compañera de viaje, se han despelotado y se han sentado a su lado. A uno de ellos le ha preguntado el nombre y, articulando como podía, ha dicho "My name is naked, N-A-K-E-D". Casi me caigo al suelo de la risa.

En total son 27 y están en una despedida de soltero. Por la mañana han estado pescando "blue cod" y por la tarde han ido al pub del South Sea Hotel, de donde les han echado por romper unos cuantos vasos. Al final, el pub ha cerrado para evitar males mayores y se han venido para el hostal.

A eso de las 2.30 ha aparecido la policía. Bueno, el policía, porque sólo hay uno en todo el pueblo. Se llama Dale y su hijo, qué pequeño que es el mundo, vive en Cuenca y es escalador, así que seguro que mi hermana le conoce. A pesar de lo borde que se han puesto, Dale prefiere no mandar a nadie al cuartelillo porque entonces tendría que quedarse con los detenidos y no podría seguir vigilando lo que hacen el resto, así que les toma los datos a 3 y les deja ir, después de amenazarles con serias consecuancias si la siguen montando.

España le encanta y Barcelona le pareció espectacular, pero no puedo dejar de reírme cuando, después de presumir de sus dotes de sabueso y de conocer a la gente,  me cuenta que le robaron la mochila en el Parc Güell, donde deben usar técnicas aún desconocidas en este hemisferio. Decía que le gusta tanto España que se ha pasado un buen rato hablando del tema y eso ha hecho que se enfríe un poco la fiesta pero, después de que los chavales prometen que se portarían bien, Dale se marcha a su casa después de preguntarnos si queríamos ir a pescar al día siguiente. Mientras tanto, yo me tomos mis buenos bourbons a su salud.

¿A pescar y en barco? Pocas cosas me gustarían más, especialmente cuando se trata de pescar el famoso blue cod de Stewart Island. Quedamos en vernos a las 11 de la mañana pero me temo que todo se cancele cuando una hora después, alguien ha vuelto a quejarse del ruido y ha llamado al policía, que vuelve a aparecer y me pilla en medio del jaleo que se ha montado cuando uno de los muchachos se ha metido en pelotas en una de las habitaciones y se ha puesto a despertar a todo el mundo. Se acabó la fiesta, pero ha sido toda una experiencia ver a estos personajes divertirse.

Me levanto con un tsún-tsún en el occipital derecho, desayuno y aparece el policía puntual: nos vamos de pesca. Me subo en el 4X4 de la policía (esto ha sido un detalle importante que me ha gustado especialmente, ir dentro del coche patrulla sin estar detenido), enganchamos el remolque con el barco y nos vamos a Golden Bay, desde donde salimos para dar un paseo por la bahía antes de buscar algún sitio donde, sin fondear, lanzamos las cañas. En total sacamos unos 5 "trumpeter", 3 peces rojos que no recuerdo su nombre y unos 30 bacalaos, de los que sólo 7 u 8 tenían la medida mínima y claro, estando con la autoridad, no era plan de cometer más ilegalidades. En cualquier caso, más que suficiente. La verdad, un día espectacular en el que hemos visto albatros, pingüinos azules y una gran colonia de focas bien alejadas de la orilla porque un tiburón blanco merodeaba cerca. Sólo de mentarlo se me quitan las ganas de lavarme las manos en el mar, a ver si va a detectar la sangre en mis manos y me va a lanzar un bocado.
La cena del pescado capturado tendrá que esperar porque hoy es Ladie's night, así que nos vamos al pub del hotel a ver de qué se trata. Hoy, sin embargo, hay Quiz Night. Todo el pueblo, con una media de edad de 55 años y algunos turistas, están allí reunidos, sentados en mesas, cada una de las cuales es un equipo y todos tienen que responder a 40 preguntas de varios temas entre las que salen dos relacionadas con España, la frecuencia de la Vuelta a España y una sobre La Coruña. Stewart Island está a unos 15.000 kilómetros y, sin embargo, varios de los presentes han estado varias veces en España.

El día acaba con una fantástica cena en la casa del policía. Creo que nunca había intimado tanto con las fuerzas del orden.

Mañana toca trekking para conocer Horseshoe Bay.

En el coche suena Lykke Li, CSS, antiguas canciones de James y los grandes hits de Lloyd Cole.

PD: Espero que la foto con el coche patrulla haya servido para vencer las reticencias de los desconfiados.

-No creo en Papa Noel, no creo en Dios, no creo en Carlos Marx, no creo en nada de lo que adormece el mundo.
-Y cómo consigue dormir? Tendrá alguna filosofía?
-Me reservo el derecho a la ignorancia, es la manera de vivir occidental
-Yo no podría haberlo dicho mejor, creo que la ignorancia es una valiosa contribución al conocimiento del mundo
Richard Burton en THE SPY WHO CAME IN FROM THE COLD


viernes, 11 de marzo de 2011

El sucesor de "La bestia negra"


La "bestia negra" ha sido una de las cosas que más alegrías me ha dado en la vida y más me ha hecho disfrutar. Siempre fue sinónimo de buenos momentos, viajes y amigos. Supongo que algún mal pensado se ha imaginado cualquier cosa, pero siento defraudarles porque, para los que no lo sepan, me estoy refiriendo al primer coche que tuve.

Ese máquina de hacer kilómetros era un Volkswagen Passat familiar, diesel, enorme maletero donde siempre cabía todo, consumo mínimo y ningún tipo de lujo o equipamiento extra. Tan espartano era que no tenía ni parasoles, o como se llamen, y en su lugar usábamos unos trozos de cartón.

Cuántos fines de semanas, puentes y vacaciones disfruté con muchos amigos y con el Passat. Cuántos viajes a Gandía, al Cabo de Gata, a Pirineos, a Francia, a Cáceres, Sevilla, Málaga, Córdoba, Granada, etc. Lo gracioso es yo era el responsable del coche, que dormía en mi plaza de garaje pero yo no lo conducía porque no tenía carnet.

Después de la bestia negra me compré una Vespa y al poco tiempo empecé a encontrar empresas que dejaran un coche en mis manos voluntariamente.

Ayer, después de muchos años y por primera vez en mi vida, decidí comprar un coche para poder tener libertad de movimiento y llegar a todos, o casi todos, los rincones de Nueva Zelanda y no depender del transporte público. Me hubiese gustado tener a mi gran amigo Fernando al lado para que me ayudase pero, como no estaba, me consolé pensando que esta gente aún es sana y pura y no me iban a vender cualquier carraca. Vamos, que compré el segundo coche que ví asumiendo que el dueño, que era el jefe del concesionario de Mitsubishi, no me engañaría. La verdad es que si me hubiesen vendido una lavadora con ruedas, me habría parecido igual de bien porque mi conocimiento de mecánica es cercano al cero y no distingo

En resumen, el sucesor de la bestia negra en un grandioso Mitsubishi Chariot, un vehículo híbrido, que no se sabe si es coche, "fregoneta" o "station wagon", donde habría espacio para todos los López y donde lo que seguro que cabe es un colchón de 90 cms que me permite dormir en cualquier sitio. Es una gran responsabilidad ser sucesor de alguien y, de hecho, ser el primer coche que es mío, pero parece que esta máquina se desenvuelve bien en estas carreteras.
Mitsubishi Chariot

Esta mañana me he levantado y me he preparado un café, me he sentado en un banco y me he pasado un par de horas contemplando absorto la inmensa playa de Porpoise Bay, donde son frecuentes los delfines y, en algunos meses, las ballenas. Creo que es el sitio más bonito donde he estado hasta ahora en NZ. Al menos, es el "motor camp" con la mejor ubicación de todos. Por las noches la temperatura baja de los 10º pero esta mañana, mientras observaba a los delfines que se suelen dejar ver aquí, se podía estar en manga corta disfrutando de unas vistas espectaculares. Ayer, al atardecer, estuve viendo algunos pingüinos de "ojo amarillo" o "yellow eye penguin" y un bosque petrificado al lado del campamento de Curio Bay donde he dormido, otro espectáculo de la naturaleza.

Esta noche duermo en Invercargill y mañana me iré a Bluff, desde donde se toma el ferry para Stewart ISland, al Sur del Sur. A los neozelandeses les gusta engrandecerse y siempre hablan en comparación con el resto del hemisferio Sur. Después de Ushuaia, ésto debe ser lo más al Sur del hemisferio.
Nugget Point

Esta entrada del blog se la dedico a mis queridos Mica y Fernando, los que más disfrutaron a los mandos de la bestia.

Mientras escribo suenan en la radio canciones de los 80, Men from down under que conocí por Jaume Pujol y otros clásicos tremendos.

Mi personalidad está definida por la lucha interior entre mis ansias de libertad y la necesidad de seguridad y tranquilidad. DREW BARRYMORE