domingo, 19 de junio de 2011

Luna llena sobre París

Nunca tuve muy claro dónde estaba Siam, pero la curiosidad me llevó a investigar esa canción de La Unión que hablaba un hombre lobo en París, inicio de mi viaje y seguía con un mago de donde ahora me encuentro. 
Queridos amigos, bienvenidos a Tailandia, el antiguo reino del Siam, ese país que no ha dejado de sorprenderme desde que he llegado por todo lo que ha aportado a la humanidad.

Os parecerá una broma pero ellos solitos son los inventores del Tai-Chi, del Muay Thai o Thai boxing, el Pad Thai, el gato siamés, el puente sobre el río Kwai, el Thai Gardens, la comida thai, el famoso masaje tailandés y miles de otras cosas que vuestros cerebros, en modo pre-vacacional, no podría absorber.
El puente sobre el río Kwai en Kanchanaburi
Para mi, el principal cambio ha consistido en constatar que he llegado a territorio arroz. Es decir, a Asia. Sí, ya sé que también comen noodles, pero el arroz es el rey, junto con el picante, que aún no he entendido por qué es tan bueno en climas tropicales (a mi me hace sudar y llorar a la vez). 
La verdad es que la cocina thai es espectacular, pero esas cartas de 250 páginas en las que todo me parece igual, me tienen un poco descolocado. Además, estoy convencido de que me engañan porque cada día pido una cosa diferente y siempre me traen lo mismo. Esta gente no son de fiar, os lo digo yo.

La capital de Tailandia es Bangkok, una ciudad inmensa que siempre está abierta y donde se puede comer cualquier cosa las 24 horas del día porque hay millones de puestos ambulantes que venden todo tipo de pinchos, sopas, fideos, etc. Los tailandeses, que son famosos por ser muy simpáticos, no me resultan especialmente agradables. No es sólo que me engañen con la comida, es que son gente con cara muy seria, nada alegre y diría que bastante inexpresivos. De hecho, nunca sabes qué están pensando y, si te lo dicen, no entiendes nada aunque te hablen en inglés. Para mi que toda esta gente pertenece al Vietcong y por eso se comportan como espías y parecen enfadados cuando hablan.
La población se divide entre los locales y los guiris, que son fácilmente reconocibles por su indumentaria ridícula, entre otros detalles, y que se subdividen en estereotipadas tribus, a cual más impresentable:
     -Hooligans ingleses rondando los 20 que vienen en busca de cerveza barata y fiestas de la luna llena, media luna, no luna...o la que sea. Estos son la mayoría y viven en una calle, de allí no salen por si se pierden.
     -Hippies de 50 que no saben dónde perdieron el karma y vienen a buscarlo con las mismas ropas que llevaban a los 20.
     -Impresentables de todas las edades en busca de sexo barato con locales.
Erawan Falls, cerca de Kanchanaburi
No quería hacer un comentario sesgado sobre la población sin conocer mejor la cultura local, así que decidí experimentar las virtudes del masaje tailandés. El lugar invitaba al relax, la música era perfecta y yo me disponía a dormitar un poco mientras me hacían el masaje cuando, de golpe, descubrí por qué esta gente parece que están siempre de mal humor. Más que masaje eso es una tortura a traición. Si hasta la mujer me apoyó la planta de su pie en un testículo y casi me hace llorar. La pude insultar en varios idiomas pero ella reaccionó igual que cuando en las películas de vietnamitas, les torturan para sacarles información, nada, no tienen sentimientos, se lo noto en la mirada.


Ayutthaya
Definitivamente Bangkok estaba contra mi, así que decidí desplazarme al interior del país a culturizarme un poco y a sacarme un título de conducción de motos versión Asia, uno de los actos más arriesgados que se me ha ocurrido en esta vida, pero de todo hay que experimentar y yo ya lo tengo.
Ayutthaya - Antiguo Palacio Real
Tanto estrés me ha obligado a venirme al sur, a la isla de Koh Tao, donde paso las horas en una hamaca leyendo y, cuando me canso, me voy a ver peces con las gafas de bucear chinas que me he comprado. Me estoy acostumbrando a ciertas carencias y a tener poco donde elegir (arroz o fideos, pollo o sepia) y me planteo mi posible conversión al budismo en las próximas semanas. De momento, he empezado a hacer contactos.

Creo que estoy muy cerca de alcanzar la paz absoluta.

"Sería más cómodo creer en Dios, pero escogí el lugar de la incomodidad". Jose Saramago

Esta semana he estado escuchando Cake y The Phoenix Foundation 

domingo, 5 de junio de 2011

Cómo convertir un viaje tranquilo en una batalla y que la policía te busque por impago

I see that it is by no means useless to travel, if a man wants to see something new. Passepartout en Around the world in eighty days. JULES VERNE

Al día siguiente de llegar a Pagwi, después de una mañana de búsqueda estéril que me había preocupado, el dueño de la guest house me buscó una canoa que fuera hacia donde yo quería ir. Visitaría varias aldeas junto a varias enfermeras que trabajan para Save the Children, lo que me permitiría conocer su trabajo y tener acceso a las casas de la gente. Parecía una opción privilegiada y minutos después escribía en mi Moleskine "puedo volver a decir que he tenido suerte y que no hay nada mejor que tener tiempo y calma para que las cosas se solucionen".

El Mº de Asuntos Exteriores, en su web, recomienda no viajar a Papúa Nueva Guinea por la inseguridad en las ciudades y el peligro que suponen las luchas tribales. Hasta el momento había conseguido mantenerme al margen de los famosos "rascals", los delincuentes callejeros y de cualquier tipo de discusión por dinero. De hecho, parecía que el viaje acabaría sin incidentes y, el estar lejos de la civilización facilitaba las cosas.

Desde mi llegada a PNG mi experiencia no podía sino negar toda la negatividad que había escuchado; ni la más mínima señal de peligro o inseguridad, sino todo lo contrario.

Había quedado con Harry a las 8 de la mañana, pero eran las 10 y las enfermeras no aparecían. Yo me lo tomaba con calma y seguía leyendo The Bafut Beagles con un café en mano. Parecía que tendría que esperar al día siguiente para ir a ver las famosas aldeas del Sepik. La otra opción pasaba por alquilar un bote, pero eso costaba un dineral porque son casi 3 horas para llegar y la gasolina es muy cara. La única opción era esperar y a eso de las 12 me confirmaron que ese día no podría ser, pero que había una canoa que iba a donde yo quería y, además, el piloto aceptaba llevarme a las 3 aldeas por un precio más que razonable. Perfecto, pensé.

"Tolerance is a question of patience, and patience is a question of nerves and their nerves were strained. The tenth man. GRAHAM GREENE

Kevin, que así se llamaba el sujeto, me había dicho veinte veces que ya salíamos, así que se estaba haciendo pesado el saber que no era así, hasta que me cansé y tuvimos la siguiente conversación:
-Kevin, no me mientas más, cuando esté todo el mundo, nos vamos, no pasa nada, pero deja ya de mentirme y de contarme historias.
-Sori "Lobe", we go now, we have plenty time "Lobe"

Finalmente, cuando todo el mundo llegó del mercado, salimos. Eran las tres y media y en todo el trayecto no hacía más que repetirme que llegaríamos a tiempo. Después de 50 veces, Kevin me tenía bastante cansado y le tuve que pedir que se callara para evitar tirarle por la borda. Además, iba borracho perdido y no sólo no teníamos tiempo, sino que se paró en un poblado a comprar una garrafa de un licor local que no me atreví a probar.

Al final, como era de esperar, llegamos a mi destino a las 6, con muy poco tiempo para ir a donde yo quería porque allí anochece a eso de las 6.30, así que habría que darse prisa, pero aún había que llevar a dos personas a la otra orilla del río.


Mientras esperaba me entretenía visitando una aldea, la más remota en la que había estado y donde los niños pequeños lloraban al ver a un blanquito. Los niños jugaban a las canicas y los mayores no paraban de preguntarme. La verdad es que fue bastante interesante, pero al día siguiente tenía que estar en Pagwi de vuelta y me quedaba muy poco tiempo para visitar lo que quería.

Se hacía de noche y Kevin no volvía. Mi paciencia, después del caminito que me había dado, estaba al límite.

Cuando apareció, junto con algunos amigos, seguía con una castaña tremenda y no razonaba demasiado. Ya era tarde para hacer nada y lo único que me preocupaba era que a eso de las 4 de la mañana se le hubiera pasado y estuviera listo para volver, así que se lo dije con bastante tranquilidad, a pesar de las ganas que tenía de darle cuatro golpes. Todo iba bien hasta que le salió lo del dinero, momento en el que el tipo enfureció y se puso a pegarme gritos. Nunca me he pegado con nadie y aunque creo que le habría tumbado, la situación no era la mejor para estrenarme y menos en el lugar donde me encontraba y dependiendo de él para volver a la civilización, donde tenía que tomar 4 vuelos en un día para volver a Sydney.


No hizo falta que yo le pegara porque resultó que Kevin es de un poblado de la orilla opuesta y se odian a muerte desde el día en que un chaval, en una pelea con ellos, perdió un ojo. Antes de que me diera cuenta, se montó una batalla impresionante entre los dos poblados. A mi me metieron en la guest house para evitar males mayores, pero pude ir siguiendo las incidencias por una ventana y por lo que me iba contando un chaval que no paraba de entrar y salir para llevarse machetes y hasta unas lanzas.

Joder la que se ha montado por mi culpa, pensaba yo. Después de unos cuantos puñetazos, la pelea se tuvo que posponer al día siguiente porque Kevin había recibido un machetazo en el antebrazo y otro tipo uno en la pierna. Acababa de perder mi transporte de vuelta.

La verdad es que no pude dormir demasiado y a las tres de la mañana ya estaba en pie. Por suerte y aunque tuve que pagar más dinero, la gente del pueblo me ayudó y me llevaron de vuelta.

El hecho de no haber visto las tallas no me preocupaba, el viaje por el río y el haber visto esa aldea me parecían más que suficiente. Me había encantado y aunque incidente con Kevin era un punto negro en el viaje, no le daba mayor importancia, no me había pasado nada.

Estaba molesto conmigo mismo porque había cometido un error, le había adelantado el dinero de la vuelta a Kevin, algo que nunca hago y eso, aunque más de uno se ría, me molestaba bastante y ya no iba a tener oportunidad de recuperarlo así que, al llegar a la guest house, le dije que no tenía dinero suficiente pero que Kevin, que me debía dinero, se lo pagaría.

Pensaba que había colado, pero a los 10 minutos tenía allí a la policía reclamándome el dinero. Parecía que la historia nunca iba a acabar y sabiendo que le debía dinero al hombre de negocios del pueblo, no tenía muchas opciones de ganar, pero suele ocurrir que esta gente no sabe muy bien cómo reaccionar ante un hombre blanco y menos si es un hombre blanco que les plantea una serie de problemas que se convierten en su dolor de cabeza.

Mi planteamiento fue, en resumen, que yo pagaría mi deuda si ellos conseguían que Kevin me pagase lo que me debía más lo que yo había pagado por la gasolina para volver de allí y eso lo tenían que hacer antes de que llegase mi bus. Aún le dan vueltas a la historia, estoy seguro, pero yo no pagué nada más y recuperé casi todo mi dinero.

Necesitaba pasar mi últimos tres días descansando y recordé que la misionera me había hablado de Muschu Island. Palabra del Señor.

Ahí va una foto desde mi cabaña y otra con los regalos del último día que me hicieron los chavales del pueblo, 50 kilos de mangos y unos cuantos peces, lo más cercano al paraíso que he estado y un sitio perfecto para acabar mi visita a este gran país.

Foto tomada desde el balcón de la cabaña.

Ah, Lobe soy yo, aunque la mayor parte de las veces me llamaban algo así como Robert. Hace años que dejé de intentar que ningún guiri me llame por mi nombre.

Los mangos y el pescado que, con ese artilugio, capturaron los chavales de sMuschu. Al fondo, mi cabaña

A man should get used to standing alone early in his life. Isolation has a lot in his favour. ALEXANDER VON HUMBOLDT


Cómo arriesgar la vida a cambio de aparecer como una reseña en la prensa mundial

Mi estancia en Madang llega a su fin. Después de varios días, las misioneras de la Lutheran Guest House ya me tratan como a uno más y me da un poco de pena dejar la vida casi familiar de este lugar, pero me espera la última frontera, donde pasaré los últimos días de mi estancia en Papúa Nueva Guinea, el Sepik River, al que llegaré en barco, en vez de hacer un tortuoso camino en bus+bote+bus.
El barco que hace el trayecto Madang-Wewak es de esos que todos los años salen en el telediario porque se han hundido por sobrepeso.

La noticia no suele variar demasiado, "2000 personas mueren en PNG al hundirse un barco con capacidad para 200" y siempre es en un país asiático y en un lugar del que nadie ha oído hablar antes. En este caso, algún periódico se haría eco de la presencia de un blanquito, pero como no fui al consulado español a decir que me adentraba en territorio no recomendado por el ministerio, oficialmente no estoy aquí.

Pero bueno, no quiero parecer macabro, lo siento, pero al ver lo roñoso que estaba el barco, se me vino a la mente esa noticia que, invariablemente se produce todos los veranos.


Como se puede apreciar en las fotos, no era el Queen Elizabeth o uno de esos cruceros de lujo, pero la compañía era mucho más interesante y, además, me dio tiempo a hacer varios amigos, como el chaval de la foto, Michael, que sólo que hablaba en Pidgin y Christina, una misionera de Hong Kong que me fue de gran ayuda y a la que volví a ver una semana más tarde.


El viaje transcurrió sin novedades destacables. Mi pidgin iba mejorando gracias a mi nuevo amigo, aunque mi cara de cansado deja claro que dormir, no dormí demasiado.

Nuestra conversación no era demasiado profunda, no nos entendíamos, pero él parecía encantado por estar conmigo y explicarme cosas que hacían reír a los que teníamos alrededor y yo, aunque tenía ganas de leer o de dormir, decidí que ser partícipe de la sonrisa de un buen grupo de gente era lo mejor que podía hacer, ¿o no queda claro en la foto? Al llegar a Wewak tomé un camión y, 6 horas después, llegué a Pagwi, el punto más al norte del río Sepik al que se puede llegar por carretera y desde donde iba a planificar varias excursiones para visitar aldeas y conocer los Haus Tambarans, construcciones donde los artistas locales, los más reputados talladores en madera del Pacífico, reflejan su trabajo.

domingo, 22 de mayo de 2011

El periodismo me persigue, yo prefiero la playa y el mercado


La denostación del periodismo, según el una forma frenética de saber lo que pasa sin entender lo que sucede. Héctor Aguilar Camín en Las mujeres de Adriano.

La verdad es que no sé hasta qué punto este país es peligroso pero, la verdad, hay más guardas de seguridad que gente por las calles, todas las casas están valladas y protegidas por alambre de espino y todo el mundo alucina al verme por la calle y me dice que tenga cuidado, hay mucha gente mirándome a la cartera. 

Todo esta información y esos ojos brillantes, esa cara de fumados que tienen, sólo ayuda a que todos me parezcan que tienen pinta de delincuentes, potenciales asaltadores de caminos que me van a esperar en cualquier esquina para robarme mi nueva cámara de fotos.


Sin embargo, he de decir que es la gente más amigable que he visto nunca, eterna sonrisa a pesar de su timidez y la extrañeza que les genera mi presencia en las calles. Tengo la impresión de que no hay mucho blanco de a pie por aquí porque se extrañan bastante de mi presencia y allí donde voy saludo a más gente que el Príncipe William el día de su boda. Me siento como el Papa en visita oficial.
Salamaua, mi alojamiento está ahí detrás

No todos reaccionan igual porque algunos niños, como si no hubieran visto tanta palidez antes y les hayan contado que el diablo es blanquito y medio chamuscado por el sol, lloran desconsoladamente al verme. Otros, sin embargo, se me acercan a darme la mano y preguntarme qué hago por estos inhóspitos caminos. Decirles que vengo de España no les dice nada, así que suelo añadir que soy europeo para ayudarles a entender, pero su reacción, entre admitración, sorpresa y respeto por el camino recorrido me suele hacer sonreír. Luego suspiran, me miran y miran al cielo, como pensando que vengo de otro planeta lejano. En ese momento hacen un sonido extraño, como inhalando una gran bocanada de aire y me dan la mano, ofreciéndome su ayuda con aire de preocupación por si tuviera dificultad en respirar el aire de un lugar ajeno.

Claro que tengo dificultad en respirar, el termómetro no baja de 27º por la noche y por el día, si la humedad pudiera superar el 100%, sería aquí donde ocurriría, así que no puedo pasar demasiado tiempo al sol porque me derrota, pero me encanta pasear por las calles y observar a la gente. No todos hablan inglés fluido pero me paro a hablar con mucha gente y disfruto mucho visitando uno de mis lugares preferidos, los mercados, que suelen tener una parte cubierta. Es decir, a la sombra.

La península de Salamaua

Esta semana he pasado bastantes horas en el mercado de Madang y dos días incluso he estado ayudando a una señora a vender, mientras aprovechaba para sacar fotos, fotos que la gente viene a pedirme y me agradece aunque no se esperen ni a verlas. Me encanta esa inocencia y lo agradecidos que son. De hecho, una cosa que me ha sorprendido muy gratamente es comprobar que, después de dos semanas, nadie me ha pedido dinero y mucho menos los niños. Creo que es el primer país donde me ocurre esto y me agrada mucho porque suele ser algo bastante incómodo que no te puedas mover libremente sin ser asaltado por miles de niños que te piden o por el tipico pesado que te viene a contar sus penas y no hay manera de quitárselo de encima. Normalmente siempre hay un grupo de los que te piden y otro de los que te intentan vender lo que sea, aunque mi preferido es el de los limpia botas que te ofrecen sus servicios incluso cuando llevas las chanclas de playa.

En el mercado con Lucy
 Aquí no sólo no me piden sino que me van ofreciendo continuamente cosas, me regalan fruta, me acompañan a la parada del bus, me avisan cuando me tengo que bajar y se ofrecen a enseñarme sus pueblos.


En fin, que esto no es tan tremendo como lo pintaban y, si lo es, yo no me lo he encontrado a pesar de haberme saltado todas las precauciones que hubieran convertido en un coñazo este país. Tampoco es que salga por las noches, pero no dejo de ir andando o en autostop a todos los sitios que me apetece y, por supuesto, los pueblos no tienen nada de peligrosos sino todo lo contrario.

En Lae no me apetecía demasiado estar, ya había visitado todos los puntos de interés y me había aventurado durante horas por el centro para ver si conocía el peligro, pero no lo encontré, así que, esquivando socavones y medio metro de barro, dirigí mis pasos a la oficina de turismo, que resultó ser la del consejero de turismo de la región en la que había 3 personas sin hacer absolutamente nada. Le pregunté algunas dudas sobre cómo llegar a algunos sitios que quería ir y él, qué simpático, pensó que era un estudiante, pero yo lo negué y, después de un rato, llegó a la conclusión de que era un periodista y esta vez no quise negarle porque, en realidad, quién soy yo para quitarle esa alegría que le di, la visita de un periodista blñanquito se presentaba como la oportunidad de su vida para dar a conocer las maravillas de la región. Estupefacto creo que describe muy bien cómo se encontraba el pobre hombre, que no tenía ni una hoja de papel en blanco para apuntar lo que yo necesitaba saber y que, por supuesto, él no sabía. La verdad es que no me ayudó demasiado, pero interés puso y algunas llamadas hizo para informarse de algún alojamiento y de horarios de barcos, aunque éstos tengan horario libre.


Finalmente salí de Lae en un "banana boat", una lancha pequeña sobrecargada con lo que la gente ha comprado en el mercado y lleva de vuelta a sus pueblos. El horario, como todo tipo de transporte aquí, es muy sencillo, se sale cuando no se pueda cargar más. 



Llovía, soplaba bastante viento y las olas eran lo suficientemente puñeteras como para no dejarme tranquilo, pero el trayecto de hora y media transcurrió sin otra novedad que mi estreno con las betel nut, con lo que mi boca se tornó roja y, a mi llegada a la guest house pude negociar en igualdad de condiciones, consiguiendo una rebaja que, de haber llegado con mi habitual cara de blanquito, con los dientes bien cepillados, no habría logrado.

Salamaua
Me encontraba en Salamaua, uno de esos paraísos terrenales que escasean, el pueblo más estrecho del mundo, unos 10 metros de costa a costa porque es una península, una sóla calle de arena y comunicado con la civilización después de no menos de una hora en bote. No hay electricidad y sólo algunas casas tienen un generador que usan por la noche.


El pueblo fue una importante base japonesa en la WWII y aún hay unos cuantos cañones en medio del pueblo que nadie se ha preocupado de quitar o de mantener. Lo mejor que se puede hacer en Salamaua es descansar y leer. También se puede dar un baño y hacer un poco de snorkel, pero el reposo se impone. Sin embargo, una mañana me propuse una complicada misión: visitar la escuela del pueblo. Yo pensaba darme una vuelta por allí y saludar a los chavales, pero la mujer del director, pensando que tenía ante sí a un rico australiano, potencial donante de fondos, me cogió por banda y me paseó por todo el colegio, dejándome en manos de la senior teacher" que consideró que mi presencia podría ser muy interesante para los niños y me pidió si les podría dirigir unas palabras explicándoles quién era y qué había venido a hacer.

La verdad es que no tenía ni idea qué contarles ni cómo hacerlo. Me encontraba ante un grupo de adolescentes que viven en un pueblo aislado del mundo y que rara vez van a la ciudad. Apenas vienen turistas y, al no tener televisión no reciben apenas influencias externas. Es decir, no visten como idiotas intentando imitar a los americanos de las series, como sucede en medio planeta. Viven en absoluto contacto con la naturaleza y no tienen que pedir a nadie que les lleve al parque o les acompañe a jugar a donde sea porque ellos pueden pasar todo el tiempo que quieran fuera de sus casas y sus madres no les tienen sobreprotegidos e idiotizados por si se caen y se hacen una herida o entran en contacto con la tierra, ese producto que algunas deben pensar que es más peligorso que el Ébola. Es decir, tienen toda la libertad que muchos desearían y, además, no dependen ni de Playstation ni de Facebook.

Pensando en la situación, me veía un poco estúpido intentándoles explicar cómo es la vida en mi país, que es lo que me preguntaron en dos de las clases, como esperando que les dijese todo lo bueno que tiene vivr en una ciudad que tiene casi los mismos habitantes que todo su país que, por cierto, es del tamaño de España. Pero cómo explicarles algo que puedan entender sin parecer pretencioso o sin juzgar si su aislamiento es mejor o peor que vivir en una locura de ciudad o rodeado de un consumismo que ellos, de momento, desconocen.


El problema es cuando tengan acceso a la información que les permita compararse y eso, desafortunadamente llegará algún día y lo barrerá todo. Los chavales se vestirán como imbéciles y querrán tener un móvil y una vídeo consola para no salir de casa ni necesitar amigos.


Lo único que se me ocurría decirles era, como si de un abuelo se tratara, que no dejasen de estudiar al menos hasta acabar la high school para que luego, al menos, pudieran decidir qué querían hacer, si quedarse en el pueblo o ir a la ciudad. Cuando, respondiendo a otra pregunta, les dije que mis padres viven en un edificio de 15 plantas, pude ver cómo se les salían los ojos de las órbitas, así que me salté lo del AVE y les conté que Nueva Guinea es un nombre español y Papúa portugués. La única que se sorprendió fue la profesora, los chavales, como si les cuento cómo funciona un acelerador de partículas.


La visita a la escuela había sido muy interesante, pero necesitaba un par de días de descanso para preparar la próxima visita a otra escuela.  


Tienes que ser tacaño con tu tiempo libre, no pasar horas frente al televisor, escoger con quién te relacionas y alimentar nuevos intereses. Has de ampliar tu vida con cosas emocionantes y no conformarte con la rutina. Y ser capaz, cuando lo sientas, de empezar de nuevo. Kurt Schmidt (Altea). 24 años en el mar

jueves, 19 de mayo de 2011

Reality stubbornly defies rational reasoning

Al llegar al aeropuerto de Port Moresby recogí el folleto sobre Papúa Nueva Guinea (PNG) que publica el principal banco del país. Al hablar de la capital, lo primero que dice es que te encuentras en una de las ciudades más inseguras del planeta y que, si bien no es muy bonita, siempre te quedará la experiencia de haber sobrevivido a una de las capitales más peligrosas. Tranquilizador.

No había recibido respuesta a ninguno de los mails que envié (no las recibí hasta una semana después de llegar) y confiaba en que la guía que tengo, la última que se ha publicado (2008), no estuviera demasiado desfasada pero, después de varias llamadas, la realidad me sorprendió con precios parisinos y una ocupación plena en todo lo que está por debajo de 200€. Parece mentira que esto suceda en uno de los países más pobres del mundo, pero así es.

Me imaginé paseando por las calles con la mochila a cuestas y el cuchillo entre los dientes y la idea no me acaba de ilusionar, así que decidí buscar un vuelo a otro sitio y dejar la capital para otro momento. Ahora me alegro de viajar solo y no tener que afrontar una situación como esta con alguien o tener que consultar mis decisiones.

Me quedaba claro que he llegado a un país donde las cosas no iban a ser tan fáciles ni tan baratas como me esperaba. La segunda prueba de ello es que afuera de la terminal había más gente pensando en hacer el mal que gente acompañando a sus madres a coger un vuelo.

En el aeropuerto de Lae debería haber un shuttle esperándome para llevarme al hotel que he reservado, pero no hay nadie y van a cerrar las puertas de la terminal. Son las 18.30, es noche cerrada y todo el mundo se ha subido en las furgonetas que estaban esperando. Durante dos minutos he confiado en que mi bus vendría, pero los guardias de seguridad me recomiendan, por primera pero no última vez, que es mejor que me suba en uno de los buses porque es peligroso que me quede allí esperando.

La guía, antigua, dice que el trayecto desde el aeropuerto es seguro porque la carretera, recien asfaltada, permite que las furgonetas vayan a 130Km/h, lo que hace más difícil que grupos de malandros las detengan. Ahora, tres años después, todo el trayecto, al igual que el resto de la ciudad, está plagado de unos agujeros en los que, si cayera un autobús, nadie lo encontraría en varios días.

El trayecto del aeropuerto al centro de las ciudades siempre me ha causado mucho respeto. Largas y amplias avenidas, normalmente construidas en el periodo colonial, poco o nada de iluminación y mucha gente andando por las cunetas. No sé porqué pero siempre que llego a una ciudad "poco civilizada", lo hago muy de noche. Da igual si son las 10 de la noche o las 3 de la madrugada, siempre hay gente en la calle. Es el primer contacto con un país y siempre es interesante, pero no suele ser una buena impresión, así que siempre me digo que mejor esperar a la mañana siguiente para hacer ninguna valoración.

Todos los edificios están vallados y están protegidos por alambre de espino, además de por uno o varios guardas de seguridad. La furgoneta que me lleva hasta el interior de mi hotel y no me dejan bajar hasta estar dentro del recinto del mismo.

El aterrizaje en PNG no está siendo muy suave y, aunque asumo que he llegado a un país del tercer mundo y que las cosas no van a ir a velocidad occidental ni va a ser tan seguro como NZ, las primeras horas no me abren ningún agujerito por el que apreciar ninguna señal positiva, pero esto ya me ha pasado otras veces y el trayecto aeropuerto-centro siempre me deja una sensación extraña, así que me voy a dormir confiado en que la luz de la mañana me deje ver las cosas de otra manera.

Después de desayunar, la manager me "asigna" a Bennet y Maxwell para que me acompañen a visitar la ciudad por mi propia seguridad, algo que ni me tranquiliza ni me me resulta muy cómodo, aunque sí que me facilita la vida.

Lae es la segunda ciudad más grande del país y, a pesar de ello y sin querer darme importancia, mi presencia causa sensación allí por donde paso y todo el mundo se gira para mirarme o me saluda. Al principio me causa cierta extrañeza, pero después de tres días, no he visto a ningún "whiteman" por las calles. Creo que es la primera vez que me pasa esto en muchos años.

El deporte nacional consiste en mascar "betel nut", una semilla, que mezclada con un polvo que obtienen machacando conchas, les deja un color rojo en la boca que, en las primeras quinientas personas que lo ves, da mucho miedo porque parece que se acaben de comer a alguien crudo y aún les queden restos de sangre de la víctima entre los dientes. Si a eso le unes todo el miedo que te han ido metiendo en el cuerpo, te dan ganas de volver al hotel a pedir protección armada adicional o comprar un par de machetes de esos para abrirse paso en la selva. La mujer de la foto, el día anterior tenía tres nietos, seguro y esa mirada y esa sonrisa...

El segundo deporte más practicado, unido al elevado desempleo, el calor y humedad asfixiante y el empanamiento que les deja el mascar betel nut, es sentarse en la calle y no hacer nada durante todo el día. En otros países las calles están llenas de gente yendo, iba a decir de un sitio a otro pero, en realidad, no van a ninguna parte, estoy seguro. La mayor parte de la población se dedica a no hacer nada y matan las horas desplazándose sin rumbo, sin destino alguno.

Siempre he tenido ganas de seguir un día entero a alguna de las personas que pululan por las calles, grabarlo y comprobar si mi teoría es cierta. Antes de irme de aquí preguntaré a unos cuántos que me encuentre a qué se dedican y cómo pasan su tiempo.

"Quizás" es una palabra cuyo peso no se puede calcular. HAJIME en Al sur de la frontera, al oeste del Sol. HARUKI MURAKAMI

Estoy en un país no desarrollado. Lo sé porque "quizás" es la palabra que, invariablemente, figura en toda respuesta a las preguntas que, como buen "whiteman" hago. Las preguntas, si quieres obtener alguna respuesta medio creíble, siempre han de ser abiertas. Gran error es darles una o varias opciones, porque entonces te dirán que sí o un quizás a la primera opción, lo cual te deja peor. Otra de las expresiones más habituales en pidgin, de esas que se te queda cara de tonto, es Longwe liklik: no muy cerca, no muy lejos, que se completa con otra muy ilustrativa que me dijeron: "we no matter time".

Mi estancia en la gran ciudad termina sin incidencias y Bennet me acompaña al muelle en busca de un "Banana Boat" que me saque de las malas calles.

Recién acabamos de empezar a correr, no se puede parar, la segunda parte es mejor, hay que seguir hasta el final...Hay que recordar que la voluntad sirve para empezar a correr, no para terminar. Nacimos para estar en el camino y el único camino es el porvenir. Todo está por venir, mejor curtir el cuero y súper vivir...porque no hay tiempo y además acabamos de empezar a correr. El tilín del coraz. ANDRÉS CALAMARO

¿Alguien dijo que no habría momentos difíciles en este viaje?

miércoles, 20 de abril de 2011

Tongariro Alpine Crossing o Mordor en color

Como iba diciendo, nada parece lo que es y Mordor o, lo que es lo mismo, el Parque Nacional del Monte Tongariro, no es la excepción. Tan sólo hay que deshacer la opción de blanco y negro y Mordor se convierte es una espectacular zona volcánica que, como las fotos atestiguan, sigue activa, tan activa que la última erupción se produjo en el 2007. De hecho, las mediciones actuales indican que en breve se producirá un importante incremento de la actividad en el Monte Ruapehu que podría dar lugar a una nueva fiesta con fuegos artificiales y lanzamiento de barro y piedras varias.

Mount Ruapehu
Para llegar allí se ha de hacer el Tongariro Alpine Crossing que ha sido, con unos 20 kms. y más de 2000 metros de desnivel acumulado, el trekking más fuerte que he hecho en NZ. 



Son casi 7 horas de paisajes espectaculares donde se ven varios tipos de cráteres volcánicos, fumarolas, lagos con el agua turquesa, páramos desolados donde no crece ni el arbusto más aguerrido, ríos solidificados de lava, una catarata, el nacimiento de un arroyo y el contraste de la nieve con las rocas rojas o negras en la copa de los volcanes.

El camino es extenuante y bastante exigente con las piernas por el tipo de terreno, plagado de piedras sueltas, por lo incómodo de las pendientes de bajada y lo cansado de las subidas. A esto se le une el efecto castigador del sol en altura (1900 metros), el frío y, en muchos casos, un viento que te taladra la piel y te hiela los huesos.

Sin embargo, la recompensa visual es tal, tan variada y tan diferente a lo que había visto hasta ahora, que compensa de largo todo el esfuerzo realizado y el dolor que, al día siguiente, sientes en medio centenar de músculos.


 No sé si esto ya lo he dicho 10 veces pero quizás ha sido el sitio más espectacular en el que he estado en toda NZ, esta vez en color, lo dejan bastante claro.


Running of the sheep
El día después amanecí en Te Kuiti, autodenominda capital mundial del arte de esquilar ovejas y donde se celebra una fiesta que comparan con los “sanfermines”, de los que se ríen, en la que los asistentes corren delante, o entre medias de 2000 ovejas cuyo destino final es ser esquiladas. No pude asistir pero viendo lo rurales que son por aquí, supongo que debe ser una fiesta de alto riesgo. Casi prefiero enfrentarme a un toro que a un grupo de neozelandeses sedientos.

Black and white water rafting
A partir de ahí, me he dedicado al rafting indoor, es decir, en una cueva, en Waitomo y al outdoor en un río con rápidos de clase V y el mayor salto del mundo (o al menos eso dicen), 7 metros que superamos sin romper nada y tragando sólo un par de litros de agua, pero eso os lo cuento otro día para que no penséis que todo son alegrías en este viaje. De hecho, esos tragos involuntarios de agua de río me tuvieron tocado el estómago todo el día.





sábado, 16 de abril de 2011

Nada parece lo que es

Ayer, al llegar, me extrañé porque me pareció que el sol no se estaba poniendo por el
Oeste. Estaba cansado del viaje y lo achaqué a un posible error de la brújula, pero sabía perfectamente dónde estaba el norte porque llevaba viendo la montaña que tenía
enfrente desde hacía muchos kilómetros y yo venía desde el sur de la isla.

Esta mañana me dolía la cabeza. Ese olor tan fuerte a azufre no me ha dejado dormir y la luz que me ha despertado era diferente a la de otros días, mucho más fuerte y de un color rojizo atardecer, a pesar de que el cielo estaba cubierto. He salido de la habitación y, al mirar a mi alrededor, no recordaba nada de lo que veía. No había nadie en la calle, como suele ser habitual, pero tampoco me sonaban ni las casas ni el paisaje que me rodeaba.

He empezado a caminar y, de repente, un cartel no ha hecho sino sumirme aún más en una tremenda confusión. ¿Pearl Harbour? No entiendo nada. 
De hecho, varias cosas extrañas han estado pasando en estos últimos días según me acercaba a este lugar, pero de eso me doy cuenta ahora. No es posible pasar tan rápidamente del paralelo 45º al 39º, ni de una zona con un clima subtropical a una tan árida en la que sólo crecen arbustos. Hasta ahora no era consciente de ello ni había sido capaz de verlo tan claro, pero ya no me queda duda.

-¿Te has dado cuenta de que estamos en Mordor, donde nada parece lo que es?
-Querrás decir, "donde nada es lo que parece"
-He querido decir lo que he dicho, nada parece lo que es.








Dedicado a mi gran amigo David Pacheco, Mariscal de las calles de Moratalaz.

A uno le enseñan a pensar en largo plazo, pero la realidad es que la vida es el presente y no hay más. ELENA EASTMAN