jueves, 28 de julio de 2011

¿En qué se parece el servicio militar a viajar solo?




Viajar solo se parece a hacer la mili.

Ahí dejo esa afirmación y me pongo a refrescar la memoria de todos aquellos que hicieron la mili o que tienen amigos que se la contaron. Nadie lo pasó mal, todos contaban grandes batallas de memorables momentos, pero a mi siempre me pareció una burda manera de autoconvencerse del tiempo perdido y me recuerda, años después, a todos aquellos que se han ido a vivir a Las Rozas o Sant Cugat y tratan de convencer, a todo el que se ponga por delante, de que viven muy cerca y sólo tardan 15 minutos hasta el centro de la ciudad. Falso.

Viajar no sólo no tiene nada que ver con los 15 minutos que dicen que tardan en llegar a la Plaza Catalunya, porque yo siempre tardo mucho más hasta tratando de rehacer la mochila cada vez que desordeno el caos. La similitud a la que me refiero viene dada por el hecho de las amistades o compañías circunstanciales o no escogidas. Por lo que cuentan, en la mili, como me pasa a mi últimamente, te juntas con gente con la que, en tu vida normal no es que no te juntarías, sino que no tendrías ni la oportunidad de coincidir. La necesidad, la necesidad de ser pares y, casi siempre, las circunstancias, te llevan a compartir con algunas personas parte del viaje, vivencias y experiencias, momentos complicados o actividades y lugares alucinantes. En unos pocos días, en los que pasas muchas horas junto a ellos, intercambias experiencias, anhelos, ilusiones y maneras de mirar la vida.

En muy poco tiempo, a veces, compartes con una intensidad tal que se genera un vínculo muy fuerte. En la mili, decían, se forjaban amistades para toda la vida.
Algunas de estas personas con las que he compartido parte del viaje, por suerte, han sido grandes encuentros, gente con las que he pasado momentos increíbles y que, durante unos días, han sido una especie de pequeña familia. De hecho, me alegro mucho de seguir en contacto, años después, e incluso de mantener una buena amistad con unas cuantas personas a las que he conocido durante algún viaje. Algunos pasan a convertirse en amigos o, al menos, en alguien con quien mantienes cierta relación y te gustaría volver a ver en algún momento. Otros, sencillamente, son guardados en el cajón donde guardo los recuerdos de los mejores momentos de mi vida.
Pero no todo siempre siempre sale tan bien y aquí estoy mencionando solamente a aquellos con los que he pasado buenos momentos, pero no siempre es así y me ha ocurrido que he llegado a un bus y he pasado horas junto a alguien que no me aportaba nada y, al llegar al destino, por el motivo que sea acabas compartiendo habitación y te pasas tres días visitando el lugar con alguien que es como esos compañeros de universidad con los que pasaste varios años y el día de la graduación aún seguías sin saber ni su nombre. ¿Te llamabas? no, siempre se puede eludir el tener que recordar el nombre, hasta que te llega la invitación de Facebook y tienes que llamar a un amigo para que te diga quién es ese tipo que quiere retomar un contacto que nunca existió.
Además de esta gente anodina, que abunda por el mundo, me queda por mencionar a todos esos a los que te hubiese gustado no encontrarte nunca, esos que podría incluir en el apartado de "esa gente que anda suelta por el mundo" y que no sólo deberían tener prohibido abandonar sus hogares, sino que, por lo general, te causan problemas. Sí, ya voy con el ejemplo.

Continuando con el capítulo de mis encuentros con las fuerzas del orden, os cuento lo que me ocurrió hace unos días: Después de una gran semana en las islas Perhentian en las que conocí a un fantástico grupo multinacional (chilenas, argentinos, venezolanos, catalanas y francesas), me pasé una noche entera viajando camino a Langkawi, donde llegué bastante derrotado. En la guest house conocí a un sevillano que me pareció simpático y quedamos en vernos por la tarde para tomar unos refrescos.

La historia es un poco larga de contar pero todo comenzó cuando al sevillano se le ocurrió asaltar a una borracha inglesa que estaba liada con uno de los paisanos locales, uno de cuyos amigos le dio dos galletas por pasarse de listo. Yo pensaba que se las había ganado a pulso y, de hecho, yo me había retirado a la barra a degustar los licores locales, así que no le di más importancia, pero todo cambió cuando el tipo entró en pánico y le dio por llamar a la policía y yo dudé si pasar de él porque pensaba que la estaba liando más de lo necesario.

Como dice mi amigo Quim, "toda una vida dedicada a los demás".

Justo el que le pegó era el recepcionista de la guest house, así que allí nos fuimos a la una de la mañana, recogimos nuestras cosas y nos fuimos en el coche patrulla a comisaría. Aquí ya me estaba desesperando porque el sujeto no entraba en razón, pero decidí apoyarle incluso cuando, sin escucharme, decidió llamar a la Embajada Española para contarles lo que estaba pasando. Pero "tontodelculo", si te lo has ganado, pensaba yo, y además sólo te han dado dos. En comisaría nos encontramos con la sujeta que, acompañada por los locales presentó declaración y dijo que habían intentado abusar de ella. Casi nada la que podía haber liado.

Al final estuvimos hasta las 5 en comisaría, el tipo ni presentó denuncia y se largó de la isla en el primer ferry. yo tuve que dormir en una hamaca de un guest house

Menos mal que han quitado la mili.

¿En quién cree usted? – En el sueño. Ernest Hemingway - Adiós a las armas

Llevo un tiempo largo tratando de deshacerme de mi imagen de militante sempiterna y lo voy logrando poco a poco, aunque momentums como el de SOL te obligan a sacar las antenitas al ídem y reapareces y zas, mis planes de desidentificarme con la transformación del mundo mundial, como si no hubiese vida más allá, se retrasan otro poco. Nuria Del Río




martes, 19 de julio de 2011

Esa gente que anda suelta por el mundo I

Mi independencia, aún mejor, mi libertad ha representado para mí un valor supremo, imposible de sustituir por el éxito, la comodidad, la fortuna o el espíritu gregario. Cuando el tiempo nos alcanza - Memorias 1940-1982 (Alfonso Guerra)


En todos los viajes me encuentro con gente que, por diferentes motivos y de manera positiva o negativa, me impresionan. A veces mantengo contacto con algunos y, a menudo, pienso en comentar algunos encuentros en el blog. De hecho, llevo un tiempo dándole vueltas a la idea de hablar de alguna de estas personas.


Normalmente, la gente que me llama la atención, tanto en los viajes como cuando tenía una vida más sedentaria, lo hacen por algún motivo positivo, por la vida que tienen o han tenido, por el tiempo que llevan viajando, por el espíritu que mantienen, por la cultura que han logrado atesorar, por simpática, inteligente o por cientos de motivos que no siguen ningún patrón. 


Algunas personas, que abarcan un amplio abanico de personalidades, me sorprenden por todo lo contrario y aunque a la mayoría intento evitarles, es imposible no verse obligado a compartir con algunos más tiempo del que voluntariamente desearía. 


Hay un tercer grupo que son los que encuadro en el grupo "¿quién te ha dejado salir de casa?", gente de apariencia inofensiva pero cuyos comportamientos pueden llegar a ser muy dañinos, teniendo unos efectos mucho más perniciosos que, por ejemplo, los miles de hooligans ingleses que se desplazan a cualquier rincón del mundo sólo porque la cerveza es barata. Éstos, en el fondo, si evitas los lugares donde abrevan y se aparean, son mucho menos molestos que los del tercer grupo, que ocultos bajo su manto de aparente inocencia tienen devastadoras consecuencias para el resto de la humanidad, especialmente para aquellos que viajan.


Como claro ejemplo del tercer grupo habría que destacar, generalizando, a los americanos, que tienen dos malditas costumbres con las que contribuyen a una infinita y continuada escalada inflacionaria a nivel planetario. Me refiero al pago indiscriminado de propinas con porcentajes que sólo salen en las guías que ellos mismos escriben y que siguen al pie de la letra. La segunda es el pago del precio que se les solicita, mostrando un desconocimiento del noble arte del regateo que considero hasta una falta de respeto al resto de la población.


Como decía, estas dos costumbres provocan unos precios y costumbres artificiales allí por donde pasan que complican y encarecen la vida de todos los que llegamos detrás.


A menudo pienso que esta gente debería pagar el doble en los billetes de avión para financiar, al menos en parte los viajes del resto de inocentes que, por su culpa tendrán que pagar precios inflados en destino. 


Es más, creo que habría que prohibir salir de sus casas a mucha gente, no sólo a éstos, sino a unos cuanto más y hacerles un examen al llegar al aeropuerto de origen antes de permitirles embarcar con sus peligrosas actitudes y su inabarcable ignorancia. Siempre recuerdo una situación que presencié en el aeropuerto de Cancún donde dos americanos que habían volado para pasar el fin de semana, no entendían el motivo por el que necesitaban un pasaporte para salir del aeropuerto si no habían salido de su país. La cara de los policías reflejaba la resignación de alguien que había "padecido" aquella situación anteriormente.


En realidad, todo esto me vino a la cabeza al contemplar personalmente la siguiente escena. Hace unos días me encontré con una chica italiana que me dejó atónito, así que con ella, inicio la que espero sea la primera de esa "gente de la calle" con la que me voy topando:


Parque Nacional Taman Negara, en el centro de Malasia. Después de 6 horas de rompepiernas, de camino diseñado para hacer sufrir, atravesar decenas de riachuelos, luchar contra las sanguijuelas (esta vez gané), rapelar paredes infinitas con cuerdas de tender la ropa y pelear contra una humedad agobiante, llegué al destino final, un puesto de observación en medio de la jungla adonde uno tiene que llevarse agua y comida para no menos de dos días, un lugar desde el que, con suerte, se pueden observar animales salvajes al anochecer. Es una cabaña elevada unos 15 metros del suelo, abierta por tres de sus costados para poder facilitar su objetivo y a ella sólo llega gente con ganas de ver, experimentar y sufrir un selva, o eso es lo que pensaba hasta que llegó el personaje en cuestión y me dijo que ella se había saltado las 6 horas y había venido en una lancha a motor en 30 minutos.
Kao Sok National Park - Thailand
Esta mujer, que no sé cómo había dado con sus huesos en ese lugar y que vestía una adecuadísima indumentaria para el lugar en el que se encontraba, consistente en unos pantalones vaqueros o jeans y una camisa blanca, después de una rápida observación de la cabaña y ver la cantidad de espacio abierto y ventanas que tenía, comunicó a los que allí estábamos que por allí podían entrar todo tipo de insectos, alimañas y hasta un elefante. 


Ojipláticos estábamos cuando de su bolsa extrajo lo que nos dijo sería la solución a nuestros problemas porque con el "arma" que, en previsión de lo que pudiera pasar, se había traído desde su Génova natal, todas las amenzas y peligros que se cernían sobre los presentes serían fulminados como si de un bombardeo con napalm se tratase.
Kao Sok National Park - Thailand
¿De qué arma estoy hablando? De un bote de tamaño familiar de Baygon que roció a los marcos de unas ventanas abiertas y apuntando hacia la inmensidad de la selva, como si eso fuera a prevenir la entrada de los millones de bichos que habitaban ahí afuera y cuyo alimento preferido debe ser el Baygon. 


Llamadme lo que queráis pero no pude para de reír en un buen rato al ver a esa mujer vaciando el spray al vacío, a la inmensidad de la jungla.


¿Cómo se le pasaba por la cabeza a esa mujer que de esa manera no entrarían arañas, mosquitos o ratas? ¿Cómo se le pudo ocurrir viajar miles de kilómetros con un bote enorme de Baygon?


¿No es como para impedir a este tipo de gente que salgan de sus casas?


Ya en el siglo XVIII, William Hazlitt describió a seres como César: Existen unos pocos seres superiores y felices que nacen con un temperamento libre de cualquier irritación por cosas insignificantes. Estos espíritus se sienten serenos y sonrientes como en su cielo innato y una divina armonía (se oiga o no) suena a su alrededor. Esto es estar en paz. Inútil es huir a los desiertos o construirse una ermita encima de las rocas si el remordimiento y el mal humor hasta allí nos persiguen; y si tenemos esa paz, no nos hace falta hacer tales experimentos. El único retiro verdadero es el del corazón; el único descanso verdadero es el reposo de las pasiones. A tales personas poca diferencia les hace ser jóvenes o viejas; y mueren como han vivido, con una resignación elegante. Si es que mueren verdaderamente. Cuando el tiempo nos alcanza - Memorias 1940-1982 (Alfonso Guerra)


Él y su mujer viajaban con frecuencia. –Qué bien -comenté. –No tanto -dijo él-. Los viajes me aburren. Preferiría trabajar. Tokio Blues (Haruki Murakami)


La novedad no es bienvenida. El terror del cerebro a adaptarse a nuevas reglas del juego, el pánico a perder el control de la situación, la inercia de las costumbres y los intereses establecidos, el peso de la tradición y la historia se alían para poner obstáculos a la innovación y al cambio. El viaje a la felicidad (Eduardo Punset)

martes, 21 de junio de 2011

People spend nearly half their waking hours thinking about something other than what they're doing


...el destino le deparó la inmensa fortuna de perder la memoria. El general en su laberinto. G.G. MÁRQUEZ

People spend 46.9 percent of their waking hours thinking about something other than what they're doing, and this mind-wandering typically makes them unhappy. "A human mind is a wandering mind, and a wandering mind is an unhappy mind," Killingsworth and Gilbert write.

The ability to think about what is not happening is a cognitive achievement that comes at an emotional cost.

Unlike other animals, humans spend a lot of time thinking about what isn't going on around them: contemplating events that happened in the past, might happen in the future, or may never happen at all. Indeed, mind-wandering appears to be the human brain's default mode of operation.

Hacer la maleta para un viaje largo siempre se me ha dado bastante mal y, aunque he hecho miles, siempre me excedo metiendo cosas en previsión de lo que pueda pasar. Un encuentro inesperado con Zapatero, tener que subir una montaña de 4000 metros en un país donde la temperatura media es de 35º, que si llegas a NZ en otoño y parece el Polo sur, una visita a un desierto que pasa de 40º a 5º...demasiadas posibilidades, pero mi mochila es de tamaño mediano y mejor así porque, de ser más grande, la habría llenado más.

Esta vez sabía que tendría que llevar muchas cosas que, si vas con alguien, no hace falta duplicar y el hecho de pasar por climas diferentes me obligaba a cargar con un mínimo de ropa de abrigo (he acabado odiando mi jersey gris de algodón que creo que me puse unos 20 días seguidos en NZ) y, por supuesto, ropa de verano. Hay cosas que no sabes cuándo las vas a necesitar y otras que todo el mundo te recomienda que las compres, pero son las típicas cosas que no encuentras cuando las necesitas. Ejemplo, pilas pequeñas para el frontal, cuya disponibilidad en medio de la selva de Papúa está bastante mal.

Hay otras cosas, como el neceser y el botiquín, que viven en mi mochila desde hace años. Es decir, que cuando vuelvo de un viaje ni me preocupo en sacarlas y se quedan allí para el próximo. Mi botiquín es muy básico, nada que ver con el de mi amiga Inés, que lleva un hospital portátil que es capaz de afrontar complicadas operaciones, poner puntos o salvar dedos semi amputados. Mi botiquín da para poner 4 tiritas y un poco de gasa, unos ibuprofenos y un botecito de alcohol que me beberé cualquier día que esté triste o no tenga otra cosa a mano. El agua oxigenada no me gusta y el bote del Betadine dejó de ser hermético, así que hay un poco de espacio para la crema solar, que con estos calores parece leche fermentada.

Ah, aunque suene muy freakie, me preocupa que Colgate no distribuya en todo el mundo tubos de pasta de dientes diseñados para mochilas. Es decir, con tapón de rosca. Todo lo que no lleve rosca hermética, es muy probable que se abra y su contenido se desparrame donde más daño hace. Quizás no os ha ocurrido nunca y no sois conscientes del caos que se forma. El maldito tapón del Betadine ya me ha traicionado y puedo asegurar que mancha más que desinfecta.

Unos días antes de partir, pensando que me olvidaría algo importante, me puse a leer foros de gente que ha hecho viajes de larga duración, vueltas al mundo, etc. y me metí en Youtube, gran fuerte de saber donde se puede aprender a hacer cualquier cosa. Yo tuve una novia que podría haber grabado varios vídeos doblando cosas y organizando ropa en sitios mínimos. La persona que más admiraba era ese chinorri que agarra una camiseta por dos extremos y la dobla perfectamente en medio segundo. Creo que lo tenía de amigo en Facebook.

A lo que iba es que, después de todo, metí 7 camisetas, que no son ni las 3 que algunos llevan ni las 11 o 12 que he llevado otras veces. 7 son suficientes y fueron elegidas científicamente según criterios que alargarían demasiado el ya de por si extenso comentario.
   
Mi objetivo era no llegar a los 15 kilos y lo conseguí, salí de Madrid con 13,6Kgs, aunque el otro día en Sidney pesó 19Kgs y me extrañé, sobre todo porque lo que sí es seguro es que mi mochila de mano, que es más grande de lo que debería, pesa demasiado.

Una vez seleccionada toda la ropa, cachivaches, "chiches" electrónicos, la bolsa verde (de la que ya hablaré otro día por su gran importancia) y demás útiles, faltaba por decidir algo tan importante como la compañía que me llevaba, no compañía humana, sino en forma de libros y éstos, desafortunadamente, pesan mucho. En realidad, de esto es de lo único que quería escribir, pero ya descubrió el estudio que nuestra mente se dispersa y la mía, que lleva varios días de vacaciones al margen de mi mismo, no se centra.

¿Cuántos me debía llevar? ¿Y cuáles? ¿Podría cambiarlos por otros libros en algún hostal? ¿Encontraría libros en castellano?

No quería verme en la triste situación del año pasado en Brasil en que, una vez agotados todos mis libros, me vi en la obligación de tener que empezar a leer uno de libros de vampiros de la saga crepúsculo. Esto casi arruina el viaje, prefería leer una y otra vez la composición de todas las medicinas que llevaba antes que seguir leyendo esa tortura que tanto éxito ha tenido.

Dos libros eran obligados, las guías de Nueva Zelanda y del Sudeste asiático (pesan más que todas las camisetas) y a éstos les sumé otros dos. "La invasión ha comenzado", ese gran clásico que igual gusta a adolescentes que a mentes maduras, me lo acabé antes de lo que me habría gustado porque lo disfruté mucho. Este lo he donado a la colonia española de Sidney. El segundo era "El general en su laberinto", de Gabriel García Márquez, que me acabé un poco nervioso porque no encontraba nada con qué sustituirlo hasta que di con "Lo que habríamos sido tú y yo de no haber sido tú y yo", o algo así, de Albert Espinosa y lo cambié. Ah, también llevo conmigo "The weather guide", que intenté comprar en un mercadillo en NZ pero me lo regalaron.

También me leí un libro que me gustó mucho, "Al sur de la frontera, al oeste del Sol", de Haruki Murakami. Lo he cambiado por un clásico que me viene al pelo, y que he acabado en lo que escribía esto: Around the world in eighty days, de Julio Verne. Además, me ha dado tiempo a leerme The tenth man, de Graham Greene. Con el libro de Murakami pasé el segundo peor momento del viaje. Estaba en Salamaua y devoraba las páginas a gran velocidad. No tenía pensado volver a la civilización en tres días y la trama me tenía totalmente entregado a la lectura, pero me preocupaba quedarme sin lectura y ahí me di cuenta de cómo habían, repentinamente, cambiado mis preocupaciones.

Días después, paseando por Madang, cerré por varias semanas la posibilidad de que la ausencia de lectura vuelva a enturbiar mi tranquilidad y me hice de golpe con unos cuantos libros de grueso calibre que, si bien dieron paz a mi mente, maltrataron mis huesos al incrementar sensiblemente el peso de mi mochila: Madame Bovary, de Flaubert, Tales of endurance, del historiador Fergus Fleming, que relata 45 momentos épicos de la historia de la exploración, de Marco Polo a Shackleton, pasando por Colón o Baker, The Bafut Beagles, de Gerald Durrell y A short history of nearly everything, de Bill Bryson, un libro que cuando lo acabe seré una persona nueva.

Ah, también llevaba The Hamlyn Pocket English Dictionary, que regalé a un chaval que me lo pidió y The Windsurfing funboard handbook, porque esto del windsurf es uno de mis retos pendientes y, además,nunca se sabe qué conocimientos hay que adquirir en este viaje.

Hace unas semanas, adelantándome a estas preocupaciones y, a pesar de las opiniones contrarias de varios amigos, decidí acabar con la romántica idea de cargar con la cultura sobre mis hombros y subcontraté el trabajo a Amazon, al que le encargué que me mandara un Kindle a Sydney para llenarlo de páginas electrónicas que no pesan nada. Gracias a Oscar y Sergio, ahora tengo que elegir entre 1053 libros entre los que está la biografía de Bush que, de momento, he puesto en el puesto 365. Leo 3 libros a la vez y sólo me incomoda tener tanto para elegir y tan poco tiempo. Creo que seguiré unos cuantos meses más por aquí.

Como se puede fácilmente comprobar, mis preocupaciones han cambiado bastante y, lo más importante es que la mente se centra en cualquier cosa menos en lo que la persona que la lleva encima está haciendo pero es que, ¿qué estaba yo haciendo por aquí?

Es posible que con el paso de los años uno pueda aprender cosas. A mi eso me daba igual. Lo único que deseaba saber era cómo vivir mi vida. Tal vez si uno lograra aprender a vivir con todo lo que le rodea podría llegar a comprender el porqué de todo aquello. Fiesta, de Ernest Hemingway

PD: Por cierto, el jersey gris lo he dado de baja en Sidney y, aunque pensé en quemarlo como un modo de exorcismo, creo que lo donaré al Salvation Army

domingo, 19 de junio de 2011

Luna llena sobre París

Nunca tuve muy claro dónde estaba Siam, pero la curiosidad me llevó a investigar esa canción de La Unión que hablaba un hombre lobo en París, inicio de mi viaje y seguía con un mago de donde ahora me encuentro. 
Queridos amigos, bienvenidos a Tailandia, el antiguo reino del Siam, ese país que no ha dejado de sorprenderme desde que he llegado por todo lo que ha aportado a la humanidad.

Os parecerá una broma pero ellos solitos son los inventores del Tai-Chi, del Muay Thai o Thai boxing, el Pad Thai, el gato siamés, el puente sobre el río Kwai, el Thai Gardens, la comida thai, el famoso masaje tailandés y miles de otras cosas que vuestros cerebros, en modo pre-vacacional, no podría absorber.
El puente sobre el río Kwai en Kanchanaburi
Para mi, el principal cambio ha consistido en constatar que he llegado a territorio arroz. Es decir, a Asia. Sí, ya sé que también comen noodles, pero el arroz es el rey, junto con el picante, que aún no he entendido por qué es tan bueno en climas tropicales (a mi me hace sudar y llorar a la vez). 
La verdad es que la cocina thai es espectacular, pero esas cartas de 250 páginas en las que todo me parece igual, me tienen un poco descolocado. Además, estoy convencido de que me engañan porque cada día pido una cosa diferente y siempre me traen lo mismo. Esta gente no son de fiar, os lo digo yo.

La capital de Tailandia es Bangkok, una ciudad inmensa que siempre está abierta y donde se puede comer cualquier cosa las 24 horas del día porque hay millones de puestos ambulantes que venden todo tipo de pinchos, sopas, fideos, etc. Los tailandeses, que son famosos por ser muy simpáticos, no me resultan especialmente agradables. No es sólo que me engañen con la comida, es que son gente con cara muy seria, nada alegre y diría que bastante inexpresivos. De hecho, nunca sabes qué están pensando y, si te lo dicen, no entiendes nada aunque te hablen en inglés. Para mi que toda esta gente pertenece al Vietcong y por eso se comportan como espías y parecen enfadados cuando hablan.
La población se divide entre los locales y los guiris, que son fácilmente reconocibles por su indumentaria ridícula, entre otros detalles, y que se subdividen en estereotipadas tribus, a cual más impresentable:
     -Hooligans ingleses rondando los 20 que vienen en busca de cerveza barata y fiestas de la luna llena, media luna, no luna...o la que sea. Estos son la mayoría y viven en una calle, de allí no salen por si se pierden.
     -Hippies de 50 que no saben dónde perdieron el karma y vienen a buscarlo con las mismas ropas que llevaban a los 20.
     -Impresentables de todas las edades en busca de sexo barato con locales.
Erawan Falls, cerca de Kanchanaburi
No quería hacer un comentario sesgado sobre la población sin conocer mejor la cultura local, así que decidí experimentar las virtudes del masaje tailandés. El lugar invitaba al relax, la música era perfecta y yo me disponía a dormitar un poco mientras me hacían el masaje cuando, de golpe, descubrí por qué esta gente parece que están siempre de mal humor. Más que masaje eso es una tortura a traición. Si hasta la mujer me apoyó la planta de su pie en un testículo y casi me hace llorar. La pude insultar en varios idiomas pero ella reaccionó igual que cuando en las películas de vietnamitas, les torturan para sacarles información, nada, no tienen sentimientos, se lo noto en la mirada.


Ayutthaya
Definitivamente Bangkok estaba contra mi, así que decidí desplazarme al interior del país a culturizarme un poco y a sacarme un título de conducción de motos versión Asia, uno de los actos más arriesgados que se me ha ocurrido en esta vida, pero de todo hay que experimentar y yo ya lo tengo.
Ayutthaya - Antiguo Palacio Real
Tanto estrés me ha obligado a venirme al sur, a la isla de Koh Tao, donde paso las horas en una hamaca leyendo y, cuando me canso, me voy a ver peces con las gafas de bucear chinas que me he comprado. Me estoy acostumbrando a ciertas carencias y a tener poco donde elegir (arroz o fideos, pollo o sepia) y me planteo mi posible conversión al budismo en las próximas semanas. De momento, he empezado a hacer contactos.

Creo que estoy muy cerca de alcanzar la paz absoluta.

"Sería más cómodo creer en Dios, pero escogí el lugar de la incomodidad". Jose Saramago

Esta semana he estado escuchando Cake y The Phoenix Foundation 

domingo, 5 de junio de 2011

Cómo convertir un viaje tranquilo en una batalla y que la policía te busque por impago

I see that it is by no means useless to travel, if a man wants to see something new. Passepartout en Around the world in eighty days. JULES VERNE

Al día siguiente de llegar a Pagwi, después de una mañana de búsqueda estéril que me había preocupado, el dueño de la guest house me buscó una canoa que fuera hacia donde yo quería ir. Visitaría varias aldeas junto a varias enfermeras que trabajan para Save the Children, lo que me permitiría conocer su trabajo y tener acceso a las casas de la gente. Parecía una opción privilegiada y minutos después escribía en mi Moleskine "puedo volver a decir que he tenido suerte y que no hay nada mejor que tener tiempo y calma para que las cosas se solucionen".

El Mº de Asuntos Exteriores, en su web, recomienda no viajar a Papúa Nueva Guinea por la inseguridad en las ciudades y el peligro que suponen las luchas tribales. Hasta el momento había conseguido mantenerme al margen de los famosos "rascals", los delincuentes callejeros y de cualquier tipo de discusión por dinero. De hecho, parecía que el viaje acabaría sin incidentes y, el estar lejos de la civilización facilitaba las cosas.

Desde mi llegada a PNG mi experiencia no podía sino negar toda la negatividad que había escuchado; ni la más mínima señal de peligro o inseguridad, sino todo lo contrario.

Había quedado con Harry a las 8 de la mañana, pero eran las 10 y las enfermeras no aparecían. Yo me lo tomaba con calma y seguía leyendo The Bafut Beagles con un café en mano. Parecía que tendría que esperar al día siguiente para ir a ver las famosas aldeas del Sepik. La otra opción pasaba por alquilar un bote, pero eso costaba un dineral porque son casi 3 horas para llegar y la gasolina es muy cara. La única opción era esperar y a eso de las 12 me confirmaron que ese día no podría ser, pero que había una canoa que iba a donde yo quería y, además, el piloto aceptaba llevarme a las 3 aldeas por un precio más que razonable. Perfecto, pensé.

"Tolerance is a question of patience, and patience is a question of nerves and their nerves were strained. The tenth man. GRAHAM GREENE

Kevin, que así se llamaba el sujeto, me había dicho veinte veces que ya salíamos, así que se estaba haciendo pesado el saber que no era así, hasta que me cansé y tuvimos la siguiente conversación:
-Kevin, no me mientas más, cuando esté todo el mundo, nos vamos, no pasa nada, pero deja ya de mentirme y de contarme historias.
-Sori "Lobe", we go now, we have plenty time "Lobe"

Finalmente, cuando todo el mundo llegó del mercado, salimos. Eran las tres y media y en todo el trayecto no hacía más que repetirme que llegaríamos a tiempo. Después de 50 veces, Kevin me tenía bastante cansado y le tuve que pedir que se callara para evitar tirarle por la borda. Además, iba borracho perdido y no sólo no teníamos tiempo, sino que se paró en un poblado a comprar una garrafa de un licor local que no me atreví a probar.

Al final, como era de esperar, llegamos a mi destino a las 6, con muy poco tiempo para ir a donde yo quería porque allí anochece a eso de las 6.30, así que habría que darse prisa, pero aún había que llevar a dos personas a la otra orilla del río.


Mientras esperaba me entretenía visitando una aldea, la más remota en la que había estado y donde los niños pequeños lloraban al ver a un blanquito. Los niños jugaban a las canicas y los mayores no paraban de preguntarme. La verdad es que fue bastante interesante, pero al día siguiente tenía que estar en Pagwi de vuelta y me quedaba muy poco tiempo para visitar lo que quería.

Se hacía de noche y Kevin no volvía. Mi paciencia, después del caminito que me había dado, estaba al límite.

Cuando apareció, junto con algunos amigos, seguía con una castaña tremenda y no razonaba demasiado. Ya era tarde para hacer nada y lo único que me preocupaba era que a eso de las 4 de la mañana se le hubiera pasado y estuviera listo para volver, así que se lo dije con bastante tranquilidad, a pesar de las ganas que tenía de darle cuatro golpes. Todo iba bien hasta que le salió lo del dinero, momento en el que el tipo enfureció y se puso a pegarme gritos. Nunca me he pegado con nadie y aunque creo que le habría tumbado, la situación no era la mejor para estrenarme y menos en el lugar donde me encontraba y dependiendo de él para volver a la civilización, donde tenía que tomar 4 vuelos en un día para volver a Sydney.


No hizo falta que yo le pegara porque resultó que Kevin es de un poblado de la orilla opuesta y se odian a muerte desde el día en que un chaval, en una pelea con ellos, perdió un ojo. Antes de que me diera cuenta, se montó una batalla impresionante entre los dos poblados. A mi me metieron en la guest house para evitar males mayores, pero pude ir siguiendo las incidencias por una ventana y por lo que me iba contando un chaval que no paraba de entrar y salir para llevarse machetes y hasta unas lanzas.

Joder la que se ha montado por mi culpa, pensaba yo. Después de unos cuantos puñetazos, la pelea se tuvo que posponer al día siguiente porque Kevin había recibido un machetazo en el antebrazo y otro tipo uno en la pierna. Acababa de perder mi transporte de vuelta.

La verdad es que no pude dormir demasiado y a las tres de la mañana ya estaba en pie. Por suerte y aunque tuve que pagar más dinero, la gente del pueblo me ayudó y me llevaron de vuelta.

El hecho de no haber visto las tallas no me preocupaba, el viaje por el río y el haber visto esa aldea me parecían más que suficiente. Me había encantado y aunque incidente con Kevin era un punto negro en el viaje, no le daba mayor importancia, no me había pasado nada.

Estaba molesto conmigo mismo porque había cometido un error, le había adelantado el dinero de la vuelta a Kevin, algo que nunca hago y eso, aunque más de uno se ría, me molestaba bastante y ya no iba a tener oportunidad de recuperarlo así que, al llegar a la guest house, le dije que no tenía dinero suficiente pero que Kevin, que me debía dinero, se lo pagaría.

Pensaba que había colado, pero a los 10 minutos tenía allí a la policía reclamándome el dinero. Parecía que la historia nunca iba a acabar y sabiendo que le debía dinero al hombre de negocios del pueblo, no tenía muchas opciones de ganar, pero suele ocurrir que esta gente no sabe muy bien cómo reaccionar ante un hombre blanco y menos si es un hombre blanco que les plantea una serie de problemas que se convierten en su dolor de cabeza.

Mi planteamiento fue, en resumen, que yo pagaría mi deuda si ellos conseguían que Kevin me pagase lo que me debía más lo que yo había pagado por la gasolina para volver de allí y eso lo tenían que hacer antes de que llegase mi bus. Aún le dan vueltas a la historia, estoy seguro, pero yo no pagué nada más y recuperé casi todo mi dinero.

Necesitaba pasar mi últimos tres días descansando y recordé que la misionera me había hablado de Muschu Island. Palabra del Señor.

Ahí va una foto desde mi cabaña y otra con los regalos del último día que me hicieron los chavales del pueblo, 50 kilos de mangos y unos cuantos peces, lo más cercano al paraíso que he estado y un sitio perfecto para acabar mi visita a este gran país.

Foto tomada desde el balcón de la cabaña.

Ah, Lobe soy yo, aunque la mayor parte de las veces me llamaban algo así como Robert. Hace años que dejé de intentar que ningún guiri me llame por mi nombre.

Los mangos y el pescado que, con ese artilugio, capturaron los chavales de sMuschu. Al fondo, mi cabaña

A man should get used to standing alone early in his life. Isolation has a lot in his favour. ALEXANDER VON HUMBOLDT


Cómo arriesgar la vida a cambio de aparecer como una reseña en la prensa mundial

Mi estancia en Madang llega a su fin. Después de varios días, las misioneras de la Lutheran Guest House ya me tratan como a uno más y me da un poco de pena dejar la vida casi familiar de este lugar, pero me espera la última frontera, donde pasaré los últimos días de mi estancia en Papúa Nueva Guinea, el Sepik River, al que llegaré en barco, en vez de hacer un tortuoso camino en bus+bote+bus.
El barco que hace el trayecto Madang-Wewak es de esos que todos los años salen en el telediario porque se han hundido por sobrepeso.

La noticia no suele variar demasiado, "2000 personas mueren en PNG al hundirse un barco con capacidad para 200" y siempre es en un país asiático y en un lugar del que nadie ha oído hablar antes. En este caso, algún periódico se haría eco de la presencia de un blanquito, pero como no fui al consulado español a decir que me adentraba en territorio no recomendado por el ministerio, oficialmente no estoy aquí.

Pero bueno, no quiero parecer macabro, lo siento, pero al ver lo roñoso que estaba el barco, se me vino a la mente esa noticia que, invariablemente se produce todos los veranos.


Como se puede apreciar en las fotos, no era el Queen Elizabeth o uno de esos cruceros de lujo, pero la compañía era mucho más interesante y, además, me dio tiempo a hacer varios amigos, como el chaval de la foto, Michael, que sólo que hablaba en Pidgin y Christina, una misionera de Hong Kong que me fue de gran ayuda y a la que volví a ver una semana más tarde.


El viaje transcurrió sin novedades destacables. Mi pidgin iba mejorando gracias a mi nuevo amigo, aunque mi cara de cansado deja claro que dormir, no dormí demasiado.

Nuestra conversación no era demasiado profunda, no nos entendíamos, pero él parecía encantado por estar conmigo y explicarme cosas que hacían reír a los que teníamos alrededor y yo, aunque tenía ganas de leer o de dormir, decidí que ser partícipe de la sonrisa de un buen grupo de gente era lo mejor que podía hacer, ¿o no queda claro en la foto? Al llegar a Wewak tomé un camión y, 6 horas después, llegué a Pagwi, el punto más al norte del río Sepik al que se puede llegar por carretera y desde donde iba a planificar varias excursiones para visitar aldeas y conocer los Haus Tambarans, construcciones donde los artistas locales, los más reputados talladores en madera del Pacífico, reflejan su trabajo.

domingo, 22 de mayo de 2011

El periodismo me persigue, yo prefiero la playa y el mercado


La denostación del periodismo, según el una forma frenética de saber lo que pasa sin entender lo que sucede. Héctor Aguilar Camín en Las mujeres de Adriano.

La verdad es que no sé hasta qué punto este país es peligroso pero, la verdad, hay más guardas de seguridad que gente por las calles, todas las casas están valladas y protegidas por alambre de espino y todo el mundo alucina al verme por la calle y me dice que tenga cuidado, hay mucha gente mirándome a la cartera. 

Todo esta información y esos ojos brillantes, esa cara de fumados que tienen, sólo ayuda a que todos me parezcan que tienen pinta de delincuentes, potenciales asaltadores de caminos que me van a esperar en cualquier esquina para robarme mi nueva cámara de fotos.


Sin embargo, he de decir que es la gente más amigable que he visto nunca, eterna sonrisa a pesar de su timidez y la extrañeza que les genera mi presencia en las calles. Tengo la impresión de que no hay mucho blanco de a pie por aquí porque se extrañan bastante de mi presencia y allí donde voy saludo a más gente que el Príncipe William el día de su boda. Me siento como el Papa en visita oficial.
Salamaua, mi alojamiento está ahí detrás

No todos reaccionan igual porque algunos niños, como si no hubieran visto tanta palidez antes y les hayan contado que el diablo es blanquito y medio chamuscado por el sol, lloran desconsoladamente al verme. Otros, sin embargo, se me acercan a darme la mano y preguntarme qué hago por estos inhóspitos caminos. Decirles que vengo de España no les dice nada, así que suelo añadir que soy europeo para ayudarles a entender, pero su reacción, entre admitración, sorpresa y respeto por el camino recorrido me suele hacer sonreír. Luego suspiran, me miran y miran al cielo, como pensando que vengo de otro planeta lejano. En ese momento hacen un sonido extraño, como inhalando una gran bocanada de aire y me dan la mano, ofreciéndome su ayuda con aire de preocupación por si tuviera dificultad en respirar el aire de un lugar ajeno.

Claro que tengo dificultad en respirar, el termómetro no baja de 27º por la noche y por el día, si la humedad pudiera superar el 100%, sería aquí donde ocurriría, así que no puedo pasar demasiado tiempo al sol porque me derrota, pero me encanta pasear por las calles y observar a la gente. No todos hablan inglés fluido pero me paro a hablar con mucha gente y disfruto mucho visitando uno de mis lugares preferidos, los mercados, que suelen tener una parte cubierta. Es decir, a la sombra.

La península de Salamaua

Esta semana he pasado bastantes horas en el mercado de Madang y dos días incluso he estado ayudando a una señora a vender, mientras aprovechaba para sacar fotos, fotos que la gente viene a pedirme y me agradece aunque no se esperen ni a verlas. Me encanta esa inocencia y lo agradecidos que son. De hecho, una cosa que me ha sorprendido muy gratamente es comprobar que, después de dos semanas, nadie me ha pedido dinero y mucho menos los niños. Creo que es el primer país donde me ocurre esto y me agrada mucho porque suele ser algo bastante incómodo que no te puedas mover libremente sin ser asaltado por miles de niños que te piden o por el tipico pesado que te viene a contar sus penas y no hay manera de quitárselo de encima. Normalmente siempre hay un grupo de los que te piden y otro de los que te intentan vender lo que sea, aunque mi preferido es el de los limpia botas que te ofrecen sus servicios incluso cuando llevas las chanclas de playa.

En el mercado con Lucy
 Aquí no sólo no me piden sino que me van ofreciendo continuamente cosas, me regalan fruta, me acompañan a la parada del bus, me avisan cuando me tengo que bajar y se ofrecen a enseñarme sus pueblos.


En fin, que esto no es tan tremendo como lo pintaban y, si lo es, yo no me lo he encontrado a pesar de haberme saltado todas las precauciones que hubieran convertido en un coñazo este país. Tampoco es que salga por las noches, pero no dejo de ir andando o en autostop a todos los sitios que me apetece y, por supuesto, los pueblos no tienen nada de peligrosos sino todo lo contrario.

En Lae no me apetecía demasiado estar, ya había visitado todos los puntos de interés y me había aventurado durante horas por el centro para ver si conocía el peligro, pero no lo encontré, así que, esquivando socavones y medio metro de barro, dirigí mis pasos a la oficina de turismo, que resultó ser la del consejero de turismo de la región en la que había 3 personas sin hacer absolutamente nada. Le pregunté algunas dudas sobre cómo llegar a algunos sitios que quería ir y él, qué simpático, pensó que era un estudiante, pero yo lo negué y, después de un rato, llegó a la conclusión de que era un periodista y esta vez no quise negarle porque, en realidad, quién soy yo para quitarle esa alegría que le di, la visita de un periodista blñanquito se presentaba como la oportunidad de su vida para dar a conocer las maravillas de la región. Estupefacto creo que describe muy bien cómo se encontraba el pobre hombre, que no tenía ni una hoja de papel en blanco para apuntar lo que yo necesitaba saber y que, por supuesto, él no sabía. La verdad es que no me ayudó demasiado, pero interés puso y algunas llamadas hizo para informarse de algún alojamiento y de horarios de barcos, aunque éstos tengan horario libre.


Finalmente salí de Lae en un "banana boat", una lancha pequeña sobrecargada con lo que la gente ha comprado en el mercado y lleva de vuelta a sus pueblos. El horario, como todo tipo de transporte aquí, es muy sencillo, se sale cuando no se pueda cargar más. 



Llovía, soplaba bastante viento y las olas eran lo suficientemente puñeteras como para no dejarme tranquilo, pero el trayecto de hora y media transcurrió sin otra novedad que mi estreno con las betel nut, con lo que mi boca se tornó roja y, a mi llegada a la guest house pude negociar en igualdad de condiciones, consiguiendo una rebaja que, de haber llegado con mi habitual cara de blanquito, con los dientes bien cepillados, no habría logrado.

Salamaua
Me encontraba en Salamaua, uno de esos paraísos terrenales que escasean, el pueblo más estrecho del mundo, unos 10 metros de costa a costa porque es una península, una sóla calle de arena y comunicado con la civilización después de no menos de una hora en bote. No hay electricidad y sólo algunas casas tienen un generador que usan por la noche.


El pueblo fue una importante base japonesa en la WWII y aún hay unos cuantos cañones en medio del pueblo que nadie se ha preocupado de quitar o de mantener. Lo mejor que se puede hacer en Salamaua es descansar y leer. También se puede dar un baño y hacer un poco de snorkel, pero el reposo se impone. Sin embargo, una mañana me propuse una complicada misión: visitar la escuela del pueblo. Yo pensaba darme una vuelta por allí y saludar a los chavales, pero la mujer del director, pensando que tenía ante sí a un rico australiano, potencial donante de fondos, me cogió por banda y me paseó por todo el colegio, dejándome en manos de la senior teacher" que consideró que mi presencia podría ser muy interesante para los niños y me pidió si les podría dirigir unas palabras explicándoles quién era y qué había venido a hacer.

La verdad es que no tenía ni idea qué contarles ni cómo hacerlo. Me encontraba ante un grupo de adolescentes que viven en un pueblo aislado del mundo y que rara vez van a la ciudad. Apenas vienen turistas y, al no tener televisión no reciben apenas influencias externas. Es decir, no visten como idiotas intentando imitar a los americanos de las series, como sucede en medio planeta. Viven en absoluto contacto con la naturaleza y no tienen que pedir a nadie que les lleve al parque o les acompañe a jugar a donde sea porque ellos pueden pasar todo el tiempo que quieran fuera de sus casas y sus madres no les tienen sobreprotegidos e idiotizados por si se caen y se hacen una herida o entran en contacto con la tierra, ese producto que algunas deben pensar que es más peligorso que el Ébola. Es decir, tienen toda la libertad que muchos desearían y, además, no dependen ni de Playstation ni de Facebook.

Pensando en la situación, me veía un poco estúpido intentándoles explicar cómo es la vida en mi país, que es lo que me preguntaron en dos de las clases, como esperando que les dijese todo lo bueno que tiene vivr en una ciudad que tiene casi los mismos habitantes que todo su país que, por cierto, es del tamaño de España. Pero cómo explicarles algo que puedan entender sin parecer pretencioso o sin juzgar si su aislamiento es mejor o peor que vivir en una locura de ciudad o rodeado de un consumismo que ellos, de momento, desconocen.


El problema es cuando tengan acceso a la información que les permita compararse y eso, desafortunadamente llegará algún día y lo barrerá todo. Los chavales se vestirán como imbéciles y querrán tener un móvil y una vídeo consola para no salir de casa ni necesitar amigos.


Lo único que se me ocurría decirles era, como si de un abuelo se tratara, que no dejasen de estudiar al menos hasta acabar la high school para que luego, al menos, pudieran decidir qué querían hacer, si quedarse en el pueblo o ir a la ciudad. Cuando, respondiendo a otra pregunta, les dije que mis padres viven en un edificio de 15 plantas, pude ver cómo se les salían los ojos de las órbitas, así que me salté lo del AVE y les conté que Nueva Guinea es un nombre español y Papúa portugués. La única que se sorprendió fue la profesora, los chavales, como si les cuento cómo funciona un acelerador de partículas.


La visita a la escuela había sido muy interesante, pero necesitaba un par de días de descanso para preparar la próxima visita a otra escuela.  


Tienes que ser tacaño con tu tiempo libre, no pasar horas frente al televisor, escoger con quién te relacionas y alimentar nuevos intereses. Has de ampliar tu vida con cosas emocionantes y no conformarte con la rutina. Y ser capaz, cuando lo sientas, de empezar de nuevo. Kurt Schmidt (Altea). 24 años en el mar