martes, 5 de junio de 2012

Y para acabar, el cruce del Atlántico


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One doesn't discover new lands without consenting to lose sight of the shore for a very long time. Andre Gide
Después de 17 días y unas 2600 millas de navegación en el Papaya, aquí estoy escribiendo de nuevo, he llegado a tierra firme, a un lugar que no se mueve ni escora. He llegado a Horta, en una isla llamada Faial que pertenece al portugués archipiélago de las Azores.

He vuelto a pisar suelo europeo 15 meses después, aunque éste se encuentre aún a mil millas del continente.
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Ramón, Jerónimo (el capitán), Wences  y Gonzalo

El 15 de mayo, el mismo día en que cumplía 40 años, me lancé a la penúltima aventura de este viaje. En realidad, no sabía si era más arriesgado el embarcarme en un velero con el fin de cruzar el Atlántico, o hacerlo con tres absolutos desconocidos, todos ellos mayores que yo y con los que no tengo nada que ver.

Aunque físicamente esté en Azores, técnicamente aún me encuentro República Dominicana porque no consideré seguir toda la legalidad y me salté el control de inmigración, así que mi salida del país no consta en ningún sitio.

Minutos antes de partir llamo a mis padres y no les localizo, pero sí a mi hermana Eva. Está con mi sobrina Daniela, de dos años y a la que apenas conozco porque, cuando salí era muy pequeña. También están mis padres, que se despiden emocionados. Mi padre me recuerda que, cuando llegue, ya seré una persona mayor. ¿Será una nueva manera de decirme que cuando llegue tendré que sentar cabeza? Nunca me había dicho nada parecido, así que tendré que preguntarle qué quiso decir en cuanto pueda charlar con él.

La verdad es que me cuesta hablar con ellos, me emociono y no me salen las palabras. Tengo un nudo en la garganta, no sé si de la emoción por la despedida, por mi cumpleaños o porqué. Escuchar a Daniela cantándome el cumpleaños feliz me dibuja una enorme sonrisa en la cara, pero no puedo evitar soltar alguna que otra lágrima.

Hago una última llamada y, tan pronto acabo, soltamos amarras. Son las 7.30 de la mañana y ponemos rumbo norte para atravesar la bahía de Samaná y dirigirnos hacia Bermuda. Hace buen tiempo, tenemos un viento constante de unos 20 nudos y navegamos con rumbo 30º empujados por los vientos alisios que vienen del Este. Este viento nos va a acompañar durante los siguientes días y eso supone que no tenemos que hacer ninguna maniobra, ningún bordo, pero también significa que el barco va a ir escorado durante varios días de manera ininterrumpida.

Escorar un barco para sentir el barco acelerar es muy agradable cuando se está haciendo una navegación costera. Navegar durante varios días con el barco fuertemente escorado y las olas golpeando incesantemente el costado, es muy incómodo, no os lo podéis imaginar. Si además, resulta que tu camarote se encuentra a proa, aquello se convierte en una especie de tortura porque es allí donde más se nota el efecto de los continuos pantocazos. Es decir, de los golpes que el barco da cada vez que no puede subir y bajar una ola suavemente, sino que eleva la parte frontal y cae con toda su fuerza como si quisiera dividir el mar en dos. En ese momento, que sucede en una de cada cinco olas, el buque golpea el agua con tremenda violencia, causando un estruendo que hace pensar que el casco se partirá en dos en cualquier momento. Además el océano es caprichoso y nos envía olas cruzadas que provocan un balanceo lateral desacompasado que se une a los golpes frontales del casco.

Mi camarote está situado a proa, en la banda de babor. Es decir, que voy a ir casi toda la travesía tocando el agua. Consta de dos literas de una anchura poco mayor que mis hombros y un armario donde me cabe la mochila pequeña. La escotilla no está bien sellada y deja entrar algo de agua cada vez que una ola barre la cubierta, algo bastante frecuente. Aparte del agua que me invade, el camarote huele terriblemente mal, como si hubiera estado años sin ventilar y hubiese sido utilizado para esconder algún cadáver que, en su última noche comió algo que le sentó mal.

Con este panorama es normal entender que los primeros tres días me encontrara a medio gas. No me mareé, pero tenía una sensación como de estar apunto de hacerlo y me encontraba un poco debilitado  Mi cuerpo se encontraba en un equilibrio inestable y mi estómago estaba entre vacío y revuelto. Necesitaba adaptarme a tanto balanceo y las condiciones de mi camarote, que no me permitían apenas descansar, no ayudaban. Al final decidí salir de esa cueva e instalarme en el salón.

Pensándolo ahora, esos han sido los peores días de la travesía.  
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Minutos antes de comenzar mi guardia
Me sorprende que, a pesar de la poca actividad que hay en el barco, es mucho el tiempo que puedo disfrutar de la más absoluta de las soledades en cubierta. No es necesario que me recluya en el salón, ahora que no tengo camarote privado, puedo encontrarme en cubierta y no tener la compañía de ninguno de los otros tres miembros de la tripulación.

Quizás había presupuesto que, dada la cantidad de horas muertas que íbamos a tener, nos íbamos a ver obligados a tener que compartir muchos momentos de conversaciones en grupo o a dos. Imaginaba que la combinación de una situación "complicada", con muchas horas por delante, guardias nocturnas, mal tiempo y lluvia durante horas, y el compartir una aventura en un espacio reducido, iba a crear un ambiente parecido al que supongo que se generaba cuando la gente hacía el servicio militar y en el que esas condiciones adversas permitían crear una camaradería y una estrecha amistad entre gente muy diferente que, en un ambiente no hostil, sería altamente improbable que se produjera.

De momento, los días van pasando y no tengo ningún tipo de estrés o preocupación. No siento la soledad porque estoy muy acostumbrado a ella y, de hecho, diría que agradezco que no sean demasiado parlanchines o insistan demasiado con sus preguntas. Me agrada esta situación de tranquilidad, de no verme obligado a socializar con ellos aunque, si se genera conversación, me apunto y dejo de leer o de hacer lo que esté haciendo. Es decir, que dejo de leer o de disfrutar de la contemplación del océano.
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Barracuda
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Dorado o Mahi-Mahi
A veces los días me recuerdan un poco a la película “El día de la marmota” porque la oferta de actividades en el barco es bastante limitada, aunque no puedo decir que me haya aburrido en ningún momento ni me haya parecido monótona la travesía. Me despierto el último porque lo hago cuando me canso de escucharles. Parece que soy el único que no se impone horarios porque ellos siguen un estricto horario al que no encuentro ningún sentido. Yo sigo con mi aproximación a la tranquilidad absoluta y le dedico horas y horas a la lectura. Pensaba que tendría mucho más tiempo para ir escribiendo, pero el movimiento del barco y las olas barriendo la cubierta lo han complicado bastante. Los primeros días no me apetecía hacer nada y luego hemos tenido días de lluvia. Casi todo lo que he escrito lo he hecho de manera desordenada y en papel. De hecho, esta entrada es un reflejo de esos retales que he ido escribiendo cuando podía.
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Partida de backgammon en cubierta 
Una de las buenas sorpresas de estos días ha sido la alimentación. A pesar de que todo el mundo nos había dicho que no pescaríamos nada, durante la mitad del trayecto ni hemos tirado la caña porque llevábamos la nevera llena de pescado. La primera semana pescamos en días alternos. A las pocas millas de salir una corvina, el tercer día una larguísima barracuda de metro y medio, un dorado, un par de bonitos de unos dos kilos y, finalmente, la gran captura, una albacora (eso dicen por aquí, a mi me vale con llamarle atún) que picó a las 5 de la mañana y que me mantuvo ocupado durante una hora hasta que la pudimos sacar. Pesó unos 40 kilos y, desde que la pescamos nos la hemos ido comiendo en todo tipo de combinaciones. Creo que voy a dejar de comer atún durante unos meses. Ayer lo vi en un restaurante y casi me da algo.
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Estas capturas han hecho que nuestro menú sea mucho más variado de lo que la lista de la compra amenazaba porque el capitán pensaba basar nuestra alimentación en la pasta y el arroz, nada de verduras, vegetales ni carne. Eso sí, he de decir que el cocinero me ha sorprendido por su versatilidad para, con las cuatro cosas que tenía, preparar una variedad sorprendente de platos.
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La gran captura del viaje, un atún de unos 40 kilos
Si los días eran bastante tranquilos, las noches me han generado diferentes sentimientos. Por un lado se hacían bastante duras debido a las guardias, que empezaban entre las nueve y las diez y acababan a las 4 o cinco y media. Salvo la primera, las otras dos te obligaban a interrumpir el sueño, a mal dormir, lo que se va acumulando y te va cansando. Cada uno estábamos dos horas y media y al acabar dejábamos paso al capitán para que él hiciera las primeras horas del día. Daba igual porque no paraba de levantarse para controlar que todo estaba bien, bajarse la actualización de la previsión del tiempo y modificar el rumbo por enésima vez cada noche.

Por otro lado, las noches eran el momento de mayor tranquilidad, de estar solo disfrutando de la mera contemplación del mar y las estrellas. Me pasaba horas de pie mirando al cielo buscando estrellas y al mar buscando luces de barcos que casi nunca aparecían. Escuchaba música y, si no llovía, aprovechaba para leer. Los primeros días eran cálidos, pero según nos fuimos desplazando al norte, las noches empezaron a ser gélidas y con mucha humedad. Si además llovía se hacía bastante duro estar ahí afuera.

Varias veces al día recibíamos una previsión del tiempo a través del teléfono vía satélite. Creo que hemos tenido suerte porque no ha llovido todo lo que pensábamos ni hemos padecido esas “encalmadas” que te detienen la marcha durante días o te obligan a ir a motor. El segundo día fue bastante duro, con mucho viento y bastante lluvia. Después tuvimos una semana tranquila con vientos de entre 15 y 20 nudos que nos permitían  hacer unas medias muy buenas y seguir ganando norte en busca de los mismos alisios que devolvieron a tantos marinos a Europa.

En menos de 7 día habíamos cubierto las primeras 1000 millas y estábamos a unas 250 al Este de Bermuda. Todo marchaba mejor de lo esperado pero aún quedaban unas 1500 millas y parecía que ya estaba todo hecho. Cuando el GPS nos indicó que nos quedaban menos de 1000 millas cometimos un error que nos ha pesado anímicamente, asumir que ya estaba hecho.

Justo en ese momento comenzamos a recibir noticias sobre las complicaciones meteorológicas que se nos venían encima. Hasta el momento nos habíamos salvado del Alberto, el primer huracán de la temporada y habíamos pasado milagrosamente entre dos frentes sin que apenas nos castigaran, pero este era un frente que se estaba formando exactamente sobre las Azores. Si alguien ha echado un vistazo al mapa de la ruta, se puede ver claramente que nos desplazamos rápidamente hacia el sur para intentar escaparnos y, cuando pensamos que ya lo habíamos despistado, pusimos rumbo 45º y nos metimos de lleno en el temporal.

¿Dónde estaba el maldito anticiclón de las Azores?

El maldito “hombre del tiempo” no había dejado de equivocarse en toda la travesía y, lo peor, estaba retrasando el momento de disfrutar de esos “gin tónicos” del famoso bar de Peter. Podíamos intentar seguir esquivando el temporal poniendo proa al este y esperar a que se desplazara al norte, que era la opción preferida por el capitán, o asumir que habíamos venido a cruzar el Atlántico y no a navegar en una piscina. Al fin y al cabo se trataba de una tormenta que nos iba a venir de popa y contábamos con un excelente barco…o eso pensábamos.

Tripulación, vamos a arriar la mayor, dos rizos al génova, los arneses de seguridad preparados, estibad correctamente todo lo que se pueda caer o romper, asegurad el mástil con la driza de la mayor. Rumbo 045º, directos a Horta. Viento entre 30 y 40 nudos (unos 70 kilómetros hora) y unas olas de varios metros de altura  que nos vienen no sólo por popa, sino que nos golpean por la aleta haciendo que el barco vaya dando incómodos bandazos de un lado a otro. El Atlántico nos ha dejado avanzar hasta aquí con cierta comodidad pero, si queremos llegar a puerto, tendremos que pagar por ello.  Son tres días de mala mar, pero ahora que vamos rumbo directo, sí que siento que ya llegamos y no me importa.

La última noche me toca la última guardia, la que comienza a las 3 de la mañana. Cuando salgo a cubierta veo las luces de la isla. Me habría gustado poder decir lo de “tierra a la vista”, pero ahora ya sólo pienso en poder decir “un trozo de carne”. Tenemos que esperar unas horas para poder entrar en el puerto con luz. El motor lleva fallando desde hace días, no tiene fuerza y hecha un preocupante humo blanco que no sabemos qué lo provoca. Tenemos que estar preparados para entrar a vela y pedir por radio que nos remolquen hasta un amarre. No es la entrada más digna, pero lo importante es que hemos superado la etapa más importante y ya puedo sentir la tierra firme. Tenía ganas de llegar. Los gin tonics de Peter son suaves, pero me gustan.

Han sido unos 17 días muy especiales. Un gran sueño cumplido que sólo repetiría para hacerlo con amigos, o eso creo.

-Soy un hombre de suerte. De verdadera suerte.
–¿Por qué? – preguntó Richard Gordon.
–Estoy loco -contestó Spellman-. Es magnífico. Es como estar enamorado, sólo que acaba bien.
-¿Hace mucho tiempo que está usted loco?
–Creo que siempre lo he estado -dijo Spellman-. Le aseguro que es la única manera de ser feliz en estos tiempos.  Tener y no tener (Ernest Hemingway)

domingo, 3 de junio de 2012

El plancton se ilumina


Es dulce tener las horas solucionadas por la contemplación y por la pereza y llevar el corazón siempre a cuestas de este ritmo de las aguas, de esta mansa respiración del mar...El camino azul, 1942. Josep Maria de Sagarra


Me gusta cuando, por la noche, me quedo solo en cubierta haciendo mi guardia. Es el momento de mayor tranquilidad del día. No hay nadie, sólo el océano, las estrellas y yo.

Me pongo en pie y me dedico a buscar luces de barcos en el horizonte, esos barcos que casi nunca aparecen pero que son causa de preocupación cuando lo hacen porque no se sabe muy bien la dirección que llevan hasta que los tienes encima. Miro el mar de estrellas que nos cubre y cuando aparecen las luces del algún avión me pregunto a dónde se dirigirá. Miro en la bitácora el rumbo que lleva y continuo maravillándome con las estrellas. Las luces del barco iluminan de color rojo y verde la espuma que éste forma en su proa.

En tierra firme las estrellas fugaces se ven muy a lo lejos y son de color blanco. En medio del océano se muestran muy cercanas, con una intensa luz verde y muy próximas a la superficie. La primera que vi pensé que era una bengala de emergencia que había tirado algún barco en peligro y me llevé un buen susto. Las que he ido viendo después me han dibujado una enorme sonrisa en la cara, como si fueran un premio que la noche me hubiera regalado.

El Atlántico te da y te quita. Te maltrata durante días con fuertes vientos y olas que golpean el costado del barco, con interminables horas de lluvia y continuos cambios en el cielo. Las nubes te impiden tener un atardecer viendo el sol caer sobre el océano, ese espectáculo del que no podemos disfrutar en Barcelona, o un amanecer de esos que tiñen de un intenso rojo toda la superficie del mar. Pero todo esto se compensa con mucho cuando te hace disfrutar de ese color azul tan intenso, un azul que no había visto en el Mediterráneo, cuando te muestra ese cielo que no tiene fin y te abruma con esa inmensidad sin horizontes alcanzables. Y cuando estás extasiado de tanta belleza, te manda a sus delfines para que te hagan disfrutar como un niño viendo sus coreografías, sus cruces en la proa del barco y sus saltos.





Durante el viaje aparecieron varias veces, pero la vez que más me sorprendieron fue cuando, después de tres días de temporal, comenzamos a escuchar sus sonidos que no eran más que su forma de exigir que les prestáramos atención. Tan pronto como nos íbamos a proa para observarles, dejaban de emitir esos sonidos y si te volvías a la popa, los volvían a hacer. Otros grupos que nos habían visitado se quedaban sólo unos minutos con nosotros, pero sabían que habíamos tenido unos días muy duros, así que se quedaron un par de horas mostrándonos cómo llegar a un puerto seguro.

El mar ejerce un efecto extraño cuando pasas mucho tiempo pendiente de él. Durante el día la espuma que se forma en la cresta de las olas te haces ver velas blancas en el horizonte. Al atardecer, esas mismas olas se oscurecen y adoptan formas similares a las de un lomo de ballena. Por la noche algún extraño efecto óptico te hace ver luces rojas en el horizonte que se asemejan a las luces de alguna ciudad lejana a la que te aproximaras. Pero no, no había nada, estaba solo.

No es cierto, no estaba solo porque en todo momento me acompañaban esas lucecitas que se ven en la popa y a ambos costados del barco y que iluminan la estela que vamos dejando, esa estela que es tan bonita cuando hay una luna a tus espaldas. Esas lucecitas, ese plancton del que hablaba Antonia Font en su “Batiscafo Katiuscas”, se ilumina por las noches.

La vida es maravillosa cuando se puede vivirla, cuando sólo cuenta el instante presente. Bernard Moitessier. El Largo Viaje

lunes, 9 de abril de 2012

Mi laikim aiskrim: el idioma del futuro

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Somos un país de inmigrantes, luego innovadores. La emigración es emprendedora, porque emigrar ya es emprender, arriesgar, esforzarse y a veces ganar, pero siempre intentarlo. No hay innovación sin viaje. Saul Singer
Tantos meses dando vueltas por ahí seguro que te han servido para aprender muchas cosas, dice mi madre y yo, que desde que dejé atrás la pubertad no me atrevo a contradecir a ninguna mujer, le doy la razón. Sí, la verdad que he aprendido unas cuantas y, pensando en ellas me he puesto a sacar algunas conclusiones que espero poder transmitiros de ahora en adelante.

Son conocimientos fruto de largas horas de reflexión, momentos a la sombra que algunos pensarían improductivos, observaciones usando depuradas técnicas asiáticas, sumadas al saber recogido de las gentes de la calle y de los bares, grandes centros de la sabiduría intemporal.

El primer aprendizaje es que el inglés, tal como lo conocemos, está muy cerca de su desaparición. Aunque esta afirmación parezca una mamarrachada, estoy seguro de que va a alegrar a mucha gente porque esto podría cambiar sus vidas.
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Llevábamos muchos años esperando a ver si teníamos, por fin, un presidente español que lo hablara (no dejéis de leer esta carta), millones de familias han enviado a sus púberes hijos a pasar inútiles veranos rodeados de otros miles de españoles en el sur de Inglaterra, nos costó una guerra que Aznar hablase español con acento tejano

Aznar hablando con acento tejano
e inglés como..., mejor ver el vídeo adjunto.

Nos hemos pasado media vida intentando comprender por qué en inglés las letras no se pronuncian casi nunca como se escriben.
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Medio planeta se parte de risa por nuestro acento y, a pesar de nuestros titánicos esfuerzos, no hay manera de que lo hablemos correctamente.

Pero amigos, no os preocupéis porque al final, todos estos esfuerzos no valdrán para nada porque ese idioma, tal como se habla y escribe hoy, no tiene ningún futuro y de ello he ido recogiendo datos en todo este año.
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Lombok, Indonesia

Primero descubrí el Pidgin de Papúa, que fue promovido por los alemanes para intentar que los trabajadores de sus plantaciones, provenientes de diferentes regiones, se entendieran entre sí. En el oeste de África se desarrolló como una lengua que, a oídos de los colonos sonara como si fuera inglés, aunque sólo algunas palabras "suenen" igual. Aunque tanto ingleses como australianos lo consideran una lengua bastarda, se ha convertido en la más utilizada en algunos países, mucho más que el inglés y la velocidad de expansión es galáctica.

Después me he ido dando cuenta de que fenómenos parecidos afectan a gran parte del planeta Tierra y a otros planetas como Getafe o Moratalaz.
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Arequipa, Perú
Dado el ritmo al que crece la población de todos estos lugares, en breve habrá más gente que hable Pidgin que el propio inglés, así que propongo que nos adelantemos a los acontecimientos y empecemos a aprender antes de que volvamos a quedarnos atrás. De hecho, veréis que os resulta mucho más sencillo hablarlo que intentar aprender cómo demonios se pronuncia correctamente el inglés, ya sea en versión inglesa o americana.
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Chile

Ahí van unos cuantos ejemplos muy ilustrativos:

Mi no save=No entiendo. Más fácil es imposible
How are you? Yu orait?
How much is that? Em hamas?
That is/was bad. Em no gut.
House: Haus
haus moni – bank (from "house money")
haus sik – hospital (from "house sick")


Los números también son fáciles de aprender:
1:wan
2:tu
3:tri
Y aquí varios ejemplos de la incongruencia del inglés. ¿Por qué escribir de una manera y pronunciar de otra? Estos señores, tal como hacemos en castellano, pronuncian como escriben. Ejemplos:
Rice: rais
Water: wara
Beer: bia
Black coffee: blak kofi
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En algunos casos, utilizan una lógica aplastante, tal como hacen los maoríes, que llaman a los pájaros por el sonido que emiten y se dejan de latinajos que no aportan ninguna información. Claro ejemplo de ello es llamar a los pollos kakaruk o rokrok a las ranas.

Estaréis de acuerdo conmigo en que este es el idioma del futuro, así que os animo a que empecéis a estudiar. Ah, y esto no es todo porque, en mis ratos libres, dándole vueltas a cómo suena el pidgin inglis, me he dado cuenta de que es muy parecido a cómo hablan los “pakis” de Barcelona, así que aprovecho para advertir a los catalanes que en cualquier momento se inventará el pidgin catalán y no me quiero ni imaginar las consecuencias que puede traer. Que si hay que cambiar de nuevo el Estatut, la senyera atravesada por la media luna y el himno del Barça en pidgin. Ahí lo dejo.

Algún día hablaré del “brasuñol”, que domino bastante bien o el “afrancés” africano, que comprendo mucho mejor que cuando me hablan los parisinos.

PD: A los 5 primeros que adivinen lo que significa el título de la entrada y qué producto es el de la primera foto, les invito a una cerveza. Imprescindible incluir un comentario con el nombre del participante, indicando si es persona humana o lagarto/a.
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Tenkyu - Salamaua
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Champú en Costa Rica
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Valparaíso, Chile
KAM elevado a deidad det
I come, are you ready? Papúa Nueva Guinea
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Arequipa, Perú

domingo, 25 de marzo de 2012

Rumbo 13º. El mar dará una nueva esperanza a cada hombre…

"O pior naufrágio é não partir" ! Amyr Klink
"La esperanza se encuentra en los sueños, en la imaginación y en el coraje de aquellos que se atreven a transformar los sueños en realidades" Jonas Salk

Dicen que las cosas no son como empiezan, sino como acaban. En realidad, nada se acaba, sólo se transforma y pasa de un estado, digamos que sólido, a uno completamente líquido.

Nadie podía anticipar este cambio de rumbo, aunque era algo que me rondaba desde hace tiempo por la cabeza porque el viaje, cuando lo empecé a cocinar en mi cabeza, allá por octubre del 2010, iba a comenzar de esta manera. Después, diversos cambios de planes me condujeron por otros caminos mucho más polvorientos y el viaje a Mali hizo que ese camino quedara temporalmente pospuesto.

Pospuesto pero no olvidado, así que desde hace unas cuantas semanas he estado estudiando diferentes alternativas para continuar el viaje una vez se me acabaran los tres meses del visado brasileño. Le he dado infinitas vueltas a todas las opciones y a sus consecuencias inmediatas y al final ha podido la sinrazón, la pasión y las ganas de hacer algo que me pedía el cuerpo desde hacía tiempo.

Sé que es un poco locura, pero es de esas cosas que se hacen una vez en la vida y ahora es el momento porque no he olvidado que este viaje tenía, entre otros, el objetivo de permitirme hacer algunas cosas que normalmente no podría.

Y al final, después de una búsqueda que me ha llevado mucho más de lo esperado,  he podido cuadrar fechas y el lugar adecuado, que no será otro que el mismo que Colón eligió para retornar después de su primer viaje a las Indias. Así que, después de pasar unos días en NY, volaré a la República Dominicana para poder cumplir con mi promesa de visitar la isla.
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El añorado Tretzevents

Pero ahí no acaban las novedades porque, como Colón, yo también me voy a embarcar para volver a casa a pasar unas semanas. No voy a poder llegar a tiempo para celebrar mi cumpleaños, pero a cambio saldré el mismo 15 de mayo, un día que promete convertirse en inolvidable. Por supuesto que no me olvido de que tendré que celebrar todo esto cuando llegue, así que os doy tiempo para ir pensando en dónde y cómo celebrarlo. Tampoco me olvido de Sant Joan, que espero poder disfrutar con unos cuantos amigos.

Eric Tabarly: "La vela es el medio más lento, el mas caro y el menos confortable, para ir de un lugar donde se está bien a otro en el no hay nada que hacer."

Que nadie piense que vuelvo por algún problema, no, simplemente sabía que algún día tenía que hacer una pausa y poder hacerlo de esta manera me hace ilusión.

El problema ha surgido una vez que sé que voy a volver y que, dentro de nada podré ver a mucha gente a la que no he podido ver desde hace mucho. Hasta ahora no lo pensaba tanto, pero ahora tengo una sensación de extraña ansiedad que me tengo que quitar de encima porque quedan varias semanas para embarcarme y no menos de 30 días en el mar junto con 3 o 4 personas a las que no conozco de nada.
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http://portal.vadebarcos.com/2Papaya 

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Esta no la ruta a seguir, pero se parece bastante

Me alegra saber que nos veremos muy pronto.


"Dicen que me fui de mi barrio, pero ¿cuándo? / Si siempre estoy llegando..." Aníbal Troilo (Nocturno)

sábado, 10 de marzo de 2012

Desmontando tópicos: Carnaval de Rio

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Todos nos creamos estereotipos, nos creemos tópicos y nos formamos ideas sobre ciertas cosas, personas, países, lugares o experiencias. Podemos pasarnos una vida entera creyendo algo hasta que lo vemos, lo conocemos o lo experimentamos personalmente.

Desde hace meses pensé en ir haciendo comentarios según fuera conociendo algunos de los sitios de los que tanta gente habla, pero con el estrés que llevo, no he tenido tiempo.

En realidad, empecé a escribir de Bali hace meses, pero nunca acabé. Esa isla, que yo tenía tan idealizada como un remanso de paz, como el lugar donde una espiritualidad oriental iba a correr por mis venas como por arte de magia, resultó ser el templo del hooliganismo del sudeste asiático, el Benidorm de los australianos, un lugar que ha perdido todo el encanto y donde las playas son feas. Sospecho que todos los que me contaron antes lo bonita que era la isla lo hicieron para no reconocer el ridículo de admitir que es un sitio hortera, de tatuajes chungos, chanclas con calcetines y chupitos a un dólar.

He decidido que voy a cambiar de estrategia y desde hoy recomendaré a todo el mundo que vaya a Bali, a ver si logro mandar allí a unos cuantos millones de turistas y que se vacíen otros lugares del planeta.
Hace unas semanas estuve en el carnaval de Rio o, cómo dicen ellos, el mayor espectáculo del mundo. No pensaba ir, pero cualquiera justifica que se lo ha perdido estando por la zona.

De nuevo, mi idea de este “chou” era una macro procesión de millones de morenitas esculturales y medio en pelotas que se paseaban día y noche por las calles de Rio, pero no, en Rio hay dos carnavales, el que se ve por la televisión y el otro.

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Esto no existe
El que se muestra por las televisiones de todo el planeta es el que sucede en el sambódromo, un lugar cerrado y al que cuesta entrar más que ir a ver un concierto privado de Julio Iglesias. Por allí desfilan Ronaldinho, las escuelas de samba y esas tremendas brasileiras que el resto del año deben estar guardadas en alguna nevera porque no he vuelto a ver nada parecido en un mes y medio.
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El carnaval de mentira
El carnaval al que tienen acceso los mortales se llama Carnaval da rua y no tiene nada que ver con el otro. Consiste en un camión habilitado para que un grupo se suba a tocar encima y le sigan miles de personas bebiendo cerveza. A estos grupos se les llaman “blocos” y hay por toda la ciudad, desde las 7 de la mañana hasta la medianoche. Algunos llegan a congregar a medio millón de personas. Es decir, no se escucha una mierda, pero da igual porque el objetivo es estar por ahí pegando saltos o tomando cervezas, la música es lo de menos.
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El verdadero carnaval

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Algunas personas se emocionan y te convencen de que no te puedes perder un bloco de tal barrio, que son buenísimos, te dicen. Son los mismos que no compartirán mi opinión.
Hablemos claro, los blocos son como esas orquestas itinerantes con dos cantantes rubias teñidas y vestido de lentejuelas que tocan versiones de los éxitos más horteras del verano, pero en versión brasileña. Sí, el carnaval es impresionante, pero no deja de ser una especie de fiestas de pueblo gigantes. Imaginad las fiestas de cualquier pueblo de España donde uno siempre se divierte aunque sólo haya unos cientos de paisanos escuchando al grupo de turno. Pensad ahora en ese mismo pueblo pero con 2 millones de personas con ganas de divertirse y un vendedor de cerveza por cada 5 personas. Si es que es imposible pasarlo mal, con tanta gente de buen rollo se genera un ambiente especial que se contagia.

En realidad, cuando más disfrutaba del carnaval era por la noche, cuando los blocos ya se han retirado y lo que quedan son los dos millones de personas dando vueltas por las calles buscando dónde pasarlo bien. Como todos no caben en los bares, se lía en la calle, que es donde yo me muevo mejor y donde se improvisan grupos de morenitos liándola con tambores en cada esquina, pero eso pasa casi cada día, por suerte.

En resumen, el carnaval da rua no tiene nada del otro barrio pero el hecho de tener a tanta gente con ganas de liarla hace que la marcha callejera que hay en el barrio de Lapa cualquier día se alargue y se multiplique por mil.

No vengáis, que ya me lo paso yo bien por vosotros. Besos

jueves, 1 de marzo de 2012

Y seguimos de aniversario

 Tenemos muchas cosas que hacer; ahora solo nos falta saber qué. Este es uno de los rasgos de este tiempo tan convulso. No paramos de correr como gallos sin cabeza. Detengámonos a pensar. Ángel Gabilondo
La verdad es que le di muchas vueltas a lo que quería escribir en un día como el del aniversario. No sabía si hacer un resumen de los sitios donde he estado y las personas con las que me he encontrado, tal como hice, sería una auténtica tortura para los ojos de cualquier incauto que se prestara a leerlo.

Me habría gustado haber podido anunciar alguna noticia impactante como que me había comprado un velero o un hotel en Venezuela, que  había ingresado en una orden religiosa o que iba a volver a España para hacerme político y devolver la felicidad al país.

Lo siento porque creo que la única noticia que os puedo dar es que el día 26 se cumplió un año desde que salí de paseo por el mundo.

En vez de hacer un resumen de los hechos y lugares, pensé hablar de lo menos bonito del viaje. Hasta ahora, los lectores más atentos se habrán podido percatar de que normalmente me limito a comentar cosas que me pasan e intento describir buenos momentos que he vivido, ya sea por haber estado en compañía de algún amigo o por haber visitado algún lugar impresionante. Parece como si todo fuera fácil y sólo tuviera alegrías. No, no voy a quejarme de nada, no tengo derecho y, además, los buenos momentos superan con creces aquellos en los que me he podido sentir peor. Además, estoy seguro que esto perdería su poco interés si me dedicara a contar mis penas o las miserias del viaje.

En realidad y a pesar de todas las catástrofes naturales que me han venido persiguiendo y mis habituales peleas con las fuerzas del orden, no he tenido apenas problemas durante todo el año, no me han pasado demasiadas cosas malas salvo una semana pensando que tenía malaria o algún mal menor. Lo pienso y me doy cuenta de que los únicos malos momentos que he tenido han sido aquellos en los que, por un motivo u otro, he echado de menos a familia y amigos, especialmente a éstos. Les echo de menos porque sí, porque disfruto de todos, con cada uno de una manera diferente y porque me encanta compartir el tiempo con ellos, pero además me duele por perderme el no poder estar allí en algunos momentos importantes.

Hasta ahora sólo he logrado la ubicuidad espiritual, aún no he logrado que mi cuerpo cruce el Atlántico para estar allí cuando me gustaría y desde el principio tenía muy claro que no podría estar siempre donde desearía.

Hace poco vivía una situación que resume bastante bien cómo me encuentro. Estaba en Rio y había un concierto de Manu Chao. Antes de comenzar quise quedarme solo y me perdí de unos australianos con los que fui. Me apetecía mucho disfrutar de esa soledad en un momento que me traía muchos recuerdos.

Al comenzar el concierto empezaron a pasar por mi cabeza miles de imágenes de mi vida y me acordaba de ese primer viaje con 5 amigos, el primer Inter-Rail que hice con 17 años, allá en 1989 y que nos llevó a París, donde pudimos ver a un grupo desconocido en el momento. Era las fiestas del bicentenario de la Revolución Francesa y tocaba Mano Negra. De eso han pasado 23 años.

Empecé a recordar miles de momentos felices, muchos viajes y la suerte de haber podido disfrutar de todo este año. A la vez me acordaba de muchos amigos, de todos esos con los que me gustaría estar en ese momento. Sabía que no era posible, que estaba solo, pero en ese momento no me importaba y me vino a la mente una frase que leí “hay que decidir porque una vida excluye a las otras”. Estaba feliz por lo que había hecho hasta entonces y por todos los amigos que tengo.

En ese momento, me puse a llorar.

Abandonó a sus espaldas un vida hecha de certezas y de caminos conocidos. Pero era precisamente eso lo que le hacía sentirse vivo. No saber qué le sucedería a partir de ese día. Sinfonía del tiempo breve. Mattia Signorini

miércoles, 29 de febrero de 2012

Cumpleaños total. Un año paseando por el mundo

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El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas. Vagar y vagar por partes desconocidas, y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque, y mirar, dibujar también, y mirar. Salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, dejarse llevar por el gusto, mucho ir de una parte a otra, por donde te vaya tincando. De a poco vas encontrando cosas y te van viniendo imágenes, como apariciones las tomas. Sergio Larraín, fotógrafo chileno.
Cuando ya tenía casi acabada la que ha sido la entrada del blog que más me ha costado escribir, he cometido el error de ponerme a leer la cantidad de gente que se alegraba de mi año viajando y los comentarios de algunos amigos que me animaban a continuar. Esto tiene el peligro de me ponga demasiado melancólico y esto acabe siendo una ñoñería, creo que nunca había usado esta palabra, pero creo que hoy os vais a salvar y sólo os pegaré un rollo tremendo intentando resumir los hechos acaecidos. Como es mi cumpleaños, hoy espero que se me perdone todo.
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Aunque hace 16 meses que no cobro una nómina, ni paro ni nada, hace exactamente un año que salí por última vez a pasear por el mundo.

Algunos billetes de avión y muy pocos planes, más bien todo lo contrario, porque desde el primer momento este viaje ha sido una sucesión de improvisaciones y de aventuras que ni trabajando en ello lograría igualar.

Mi primer destino, o eso pensaba yo, Nueva Zelanda. La primera prueba de que el mundo es pequeño fue una escala de un par de días en Qatar para ver a mi amiga Raquel, con quien estuve a punto de acudir a una cena con Zapatero, ese que fue presidente de España. Podría haber pasado a la historia por haber ido con mis zapatillas de trekking, pero el vuelo se retrasó y la cena se canceló.

Y menos mal, porque fue entonces cuando me di cuenta de algo que cambiaría radicalmente el viaje y es que mi vuelo hacía no una escala, sino una parada de tres días en Melbourne, donde conocí a Cristina, con la que viajé dos meses por Nueva Zelanda. Y claro, no podía llegar a cualquier ciudad, lo tuve que hacer a Christchurch, que pocos días antes había sufrido un fuerte terremoto que, entre otras cosas inhabilitó el hotel donde yo tenía la reserva, obligándome a dormir en el aeropuerto.

En Nueva Zelanda no sólo empezó mi flirteo con las catástrofes naturales, también comenzó mi periplo por unos cuantos países, subiendo todos los volcanes que se me han puesto a tiro. El primero, el Tongariro. 7 horas.

En Australia, además de visitar a las familias de mis amigos Oscar y Paul, las inclemencias meteorológicas me impidieron ir donde yo quería y eso me llevó a improvisar un nuevo destino: la desconocida Papúa Nueva Guinea, el país más complicado en el que he estado, pero un lugar que disfruté mucho. Hace poco leí la noticia del naufragio de un barco en el que hice una larga travesía. Allí, visitando un colegio, pasé el día de mi cumpleaños, el de verdad.

Volví a Sydney para recoger el invento que mis hombros más han agradecido, el Kindle, y luego a Bangkok para iniciar 4 meses por el sudeste asiático sin saber dónde ir, pero con muchos nervios porque en poco tiempo vendrían a viajar conmigo unos cuantos amigos y tenía que ir cuadrando fechas y destinos: Daniela, Sonia, Gerlinde, Eva, Jaime, Pablo y David, que me trajeron una estupenda compañía, vino, queso y chorizo que me salvó de morir de hambre durante el Ramadán. Otra constatación de lo pequeño que es el mundo fue cuando, conspirando con Noe y en cuestión de 24 horas, fuimos capaces de organizar una cena sorpresa para Carla en Kuala Lumpur con gente que venía de 3 países diferentes.

No me puedo olvidar de Tina y sus padres, que me invitaron a pasar unos días a un hotel de verdad en Tioman y me hicieron sentir como en familia, Irish Coffee incluido.

Fue en estos cuatro meses durante los que conocí a más gente. Algunas de esas personas se mantendrán y unas pocas se convertirán en amigos. Tailandia, Malasia (Tioman, Perhentian, Langkawi), Indonesia (Sumatra, Bali, Lombok, Komodo, Flores y Borneo), gran plato de lentejas, jamón, vino y gin tonic con Rocío y tremendo encuentro inesperado con Jordi en Hong Kong (creo que aún me dura la resaca) para acabar la etapa amarilla del viaje.

Dos horas de interrogatorio en el aeropuerto de San Francisco y comienza la visita a unos cuantos grandes amigos. David y familia en San Diego, Sandra y Joe en Miami, Lidia y Mica en Panamá y Raquel y Gabriel en Costa Rica, país donde también pasé unos días con los delincuentes surferos Edgar y Xisco y con Dani Imízcoz antes de que se convirtiera en el nuevo mago de la cocina.

No puedo decir que uno de estos encuentros haya sido el que más ilusión me haya hecho porque todos me han alegrado muchísimo y me han hecho reflexionar sobre los amigos, pero encontrarme en México DF con Dorana, diez años después de conocerla en Guatemala y pasar 12 horas con ella, fue uno de los momentos más emocionantes del viaje.

Perú, que no estaba incluido en ninguno de los posibles planes, se convirtió en uno de los países que más me ha gustado y, sin lugar a dudas, en el que mejor se come de todo el planeta. Mirar una carta y que todos los platos te apetezcan, no es fácil. Subir el Machu Picchu, uno de los hitos históricos, pero no la subida más complicada, cuyo título quizás debería llevarse el Monte Rinjani.

Junto con Nueva Zelanda, Chile era el país al que más deseaba ir y los dos cumplieron sobradamente con las expectativas. Tantos fenómenos de la naturaleza, tantas exhibiciones y tan diferentes de lo bello que es el planeta los han colocado, sin duda, en lo más alto de mis lugares preferidos junto con Argentina.

En Chile me trataron muy bien. Allí me reencontré con María, Kristel y Valentina, todas ellas grandísimas anfitrionas que tienen ganada una cena, pero mención especial se merece Francisco, que me alojó en su casa sin conocerme de nada y además me paseó por Santiago y me instruyó sobre música y política chilena. Valparaíso pasará a la historia de este viaje por haber sido el lugar donde conocí a la inigualable Elena Eastman, fiel seguidora y gran ayuda durante todo el año, que además ejerció de guía por una de las ciudades donde vivió ese gran personaje que es Neruda.

La navidad comenzó con otro encuentro después de muchos años y haciendo algo que tanto me gusta y añoro desde que salí de Barcelona, navegar. El gran Martín Sciarra, junto con su familia, me adoptaron por unos días que me hicieron olvidar lo lejos que estaba.
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Cómo olvidarme del detallazo de Bea, Edu y Mariana, que me prestaron unos días una inmejorable base de operaciones en Buenos Aires donde recibí una de las mejores y más esperadas visitas del año, la de Tina, Emma y Pere, con quienes conocí unos cuantos miles de kilómetros de carreteras argentinas y algunos de los lugares más embriagadores del planeta. Qué mejor manera hay que empezar el año visitando el Perito Moreno.
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Vuelta a Chile y, después de unos días, rumbo al calorcito. Destino Sao Paulo para visitar a Carme y Darío, a los que me habría gustado casar vestido de capitán de barco, pero ellos prefirieron Mallorca. El caótico e inmenso Sao Paulo dio paso al no menos quilombo que supone visitar Rio en carnaval, previo paso por Paraty, uno de los sitios de playa más agradables y donde pude encontrarme con la reina de la caipirinha, Sole Pereyra. Gracias a Flavia, que me alojó unos días en casa de sus padres y de los conocimientos nocturnos de Valerie, Pablo y Virgilio, pasé unos días inolvidables en Rio, aunque aún mi cuerpo está intentando recuperarse.
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Estos días los paso en las playas de Arraial D’Ajuda, a medio camino entre Rio y Salvador, donde espero quedarme una temporada hasta que se me acabe la visa.

Y bien, esto ha sido todo lo que me ha dado tiempo de hacer en un añito. A algunos les parecerá mucho, a mi me parece que podría estar 5 años más o quizás toda la vida dando vueltas. Me encantaría poder tener más tiempo para estar en los sitios y me parecería una gran noticia si algún día dejan de existir las fronteras y los visados.

Ahora que empieza el segundo año, espero que sea, al menos, igual de interesante que el primero y que me encuentre o venga a pasear conmigo gente tan fantástica como la que he tenido el placer de disfrutar estos meses. Deseo que me persigan un poco menos los desastres, que vengan aquellos que no pudieron y repitan los que sí, que los reyes me regalen unas ruedas para la mochila y se inventen las camisetas autolavables y alguna prenda ligera que valga desde los –10 a los 40C. Y para vosotros, pues mucha felicidad.

Muchos besos a todos y feliz cumpleaños para mi.

PD: Sí, ya sé que me olvido de mencionar a todos aquellos que conocí en el camino, pero son muchos y mi limitada memoria me impide recordarlos a todos, así que prefiero no empezar a hacer la lista y que alguno se me enfade por no aparecer.
He tomado una importante decisión: cuando vuelva a nacer quiero ser nómada y no escuchar consejos, ni sentir presiones, ni chantajes emocionales, ni normas, ni creencias y que la única responsabilidad que tenga sea vivir y dejar vivir. Nuria Ruíz